Texto Zaira Barúa Silva
Mientras realizaba mis deberes de rutina, un fin de semana cualquiera –siendo aún adolescente–, anunciaban en una radio local una nueva canción. La autora de aquella composición había sido invitada a promocionar esta pieza musical y su dulce voz me parecía prometedora. Al cabo de unos minutos, se inició la reproducción de “Ligera Love”, una canción que habla del romance y la pasión, sin dejar de lado la libertad. Así fue como explorando Reconocer –álbum del que se desprende “Ligera Love” y otros interesantes trabajos–, entendí que Pamela Rodríguez era una de esas artistas que te transportan a una zona de confort, sin máscaras, sin tabúes.
Luz y sombra
Pamela Rodríguez considera que se viven tiempos diferentes, donde la mujer poco a poco se abre camino y ha podido encontrar diversos canales de libertad; agrega que este encuentro final no ha sido gratuito, pues para lograrlo hubo que dejar varios pesos pesados en el camino. “Me gusta más hablar de libertades que de empoderamiento, cuando de mujeres se trata; considero que la libertad es la base de todo; sin embargo, no es sencillo dejar atrás el mandato social y las expectativas basadas en estereotipos.
Venimos de una cultura que nos ha dicho siempre qué hacer, a mí nunca me llegó el manual. En España las mujeres viven año luz a distancia. Aquí escucho a mujeres de 30 años con el discurso de que se pasa el tren, ese tren con vagones como el reloj biológico, las oportunidades, lo adecuado para una edad, etcétera, yo no creo que haya una edad adecuada para montarse al tren”.
En la escena musical ha experimentado la ausencia de mujeres como si el mapa de esta industria no las ubicara; en el año 2000 –relata la artista– eran muy pocas las mujeres que hacían música o por lo menos eran pocas las que intentaban vivir de eso. “Que la cuota de mujeres haya crecido es una alegría porque siempre debió ser así, y este equilibrio nos lleva a colaborar entre nosotras, a escucharnos, a entendernos en un espacio propio”.
Una cuota de desmadre
La intimidad de sus relatos y publicaciones hizo que Pamela conectara con muchas mujeres que vivían –y sobrevivían– un embarazo; ese campo de batalla hormonal apodado la dulce espera. Con esta divertida publicación, la cantante limeña intenta en un lenguaje sencillo dejar atrás ciertos estereotipos y estigmas que muchas veces nos ha convertido en amigas y rivales. “Durante mi segundo embarazo llegó un punto en el que no podía hacer nada y tenía que guardar reposo, y eso me hizo volcar mi tiempo a escribir sobre mi día a día y entendí que muchas mujeres la estaban pasando como yo”. Pamela sonríe relajada mientras hablamos de maternidad y afirma en su experiencia que los seres humanos estamos acostumbrados a creer que las vivencias propias “son lo normal”, pero cuando nos desuniformamos suceden cosas muy saludables. “Personalmente, creo que el micrófono siempre lo ha tenido la gente con la experiencias más positivas, placenteras e idílicas”.
La maternidad –para quienes la experimentamos– parece ser ese campo en el que, aun abarcando mucho, nunca es suficiente, por ello es necesario desmitificar la idea de que las necesidades de un hijo en su primera etapa son exclusivas de mamá, mientras el padre cumple el papel de relevo por unos breves minutos.
La sororidad que se encuentra en el campo laboral y en ocasiones social no siempre encuentra un espacio en la crianza de un nuevo miembro de la familia. “A mí me encanta estar en casa y pasar tiempo con mis niñas, pero a mi chico también le encanta y lo compartimos y somos felices. Creo que una forma ideal –o una de ellas– para la igualdad de género es la integración. Cada uno adopta el feminismo desde su experiencia y creo que mis vivencias me han hecho ganar territorios mediante el diálogo”.