• MARTES 19
  • de mayo de 2026

Opinión

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El hombre desapasionado

Manuel Arboccó De Los Heros

Psicólogo

En un artículo anterior señalábamos al ser humano como un ser afectivo, una criatura de emociones y sentimientos. Además de estos procesos afectivos, es decir, además de las emociones (alegría, miedo, cólera, tristeza, etcétera) y los sentimientos (amor, rencor, odio, compasión, etcétera) existen las pasiones.

Inicialmente, la palabra ‘pasión’ se empleó para referirse a afectos muy intensos dirigidos a una persona, a la cual se profería un deseo de posesión y exclusividad intensos. Después, el término ‘pasión’ pasó a emplearse para describir un proceso afectivo por el que dirigíamos nuestro interés y dedicación, casi exclusivo, a una persona, actividad o cosa que confería cierto sentido a la vida y que llenaba el tiempo a través de rituales y actividades.

Así, existen pasiones de las más diversas: pasión por la lectura, pasión por el fútbol, pasión por las colecciones, pasión por los animales, pasiones religiosas, pasión por la investigación científica, etcétera. Luego los psicólogos dividiríamos el asunto entre pasiones positivas, aquellas que contribuyen al crecimiento personal, al prestigio y al logro, y las pasiones negativas, aquellas que nos denigran, someten y deterioran, tales como los vicios y las adicciones.

Ahora bien, queremos señalar algo no menos importante. Existen las personas desapasionadas, aquellas en las que aparentemente el corazón no se agita por nada ni por nadie. Son los seres fríos, los apáticos, los inertes, los paralizados. Hablamos de los desapegados. Personas que no se involucran con alguna causa, no encuentran aún algo por lo cual luchar, esa tensión necesaria para vivir, como decía el famoso Viktor Frankl.

Nos parece que eso es peligroso, ese desánimo, esa flojera crónica, esa desidia instalada en la psique que le quita el sabor a la vida, ese luchar por algún propósito, ese querer alcanzar alguna meta al ser el hombre un ser intencional y libre. Bien puede, a veces ser, una forma de presentación de la depresión o la aparición de un vacío existencial que nos va volviendo grises, opacos.

Desde hace varias décadas se observa en algunas sociedades modernas un aumento de esa postura, la del hombre desapasionado, la del joven que no se identifica con nada, al que todo le da igual, al que “todo le llega altamente”, el “hombre light” o sin esencia, como lo llama el psiquiatra español Enrique Rojas.

“Nada es tan insoportable al hombre –dice Pascal, en sus Pensamientos– como estar en completo reposo, sin pasión, sin actividad, sin esparcimiento, sin la posibilidad de intervenir”, cita que nos recuerda el polígrafo Marco Aurelio Denegri en uno de sus artículos comentando lo que él llama el ‘inmovilismo estéril’.

El filósofo existencialista danés Kierkegaard decía: “Quien se pierde en su pasión, pierde menos que el que pierde toda pasión”. Efectivamente, es mejor el intentar algo, el luchar por nuestra causa, es mucho mejor eso que el marasmo y la quietud cadavérica.