Opinión
José Vargas Sifuentes
Periodista
Gobernaba el Perú Manuel Prado, quien, dos años antes, lo nombró canciller, cargo que Porras aceptó pese a la dolencia al corazón que lo aquejaba. En tal condición, encabezó la delegación diplomática peruana que en 1960 participó en la sétima Reunión de cancilleres de la OEA, en San José de Costa Rica, convocada para coordinar una acción conjunta frente al recién instaurado gobierno revolucionario de Cuba.
El 23 de agosto, en una brillante intervención, y en armonía con nuestra tradición internacional, defendió el principio de no intervención en los asuntos de otro Estado.
En su discurso, Porras Barrenechea dijo que los países americanos debíamos “vivir sin temor, en el alto plano de la amistad, haciendo prevalecer el espíritu de razón y de conciliación, contra toda forma de fanatismo, de miedo y de pasión”; y rechazó de plano “cualquier imposición dogmática del poder de la fuerza o del dinero”.
Al final de la cita, votó en contra de la exclusión de Cuba de la OEA, contraviniendo la orden de Prado de secundar la posición de Estados Unidos.
Por esa decisión, renunció al cargo el 12 de setiembre, quince días antes de morir. Y aunque luchó solo y perdió la batalla, ganó la admiración de los demócratas del continente y del mundo entero.
Así era este hombre que enalteció la diplomacia, las letras y la historia, con su labor en el campo de las relaciones internacionales, sus trabajos de investigación y sus escritos, en todos los cuales afirmó su profunda vocación por lo nuestro, convirtiéndose en un personaje digno y ejemplar para las generaciones pasadas, presentes y futuras del Perú.
Nació el 23 de marzo de 1897, en Pisco; estudió en los colegios San José de Cluny y Sagrados Corazones, hasta 1911, e ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1912. A la par que estudiaba, se desempeñaba como amanuense en las facultades de Letras y de Ciencias Políticas y Administrativas.
En sus años mozos, editó las revistas Ni más ni menos (1913) y Alma Latina (1915) y contribuyó a la formación del Conversatorio Universitario de 1919, en el que participaron destacados intelectuales de la época.
Se graduó de abogado (1922) y doctor en Letras (1928); cooperó con los iniciales movimientos de reforma universitaria y participó en la organización de la Federación de Estudiantes, en el Congreso Nacional de Estudiantes (Cusco, 1920).
En 1919, fue incorporado al servicio del Ministerio de Relaciones Exteriores como secretario del titular de esa cartera, Melitón Porras. Luego cumpliría funciones de auxiliar y jefe del Archivo de Límites; bibliotecario; asesor de la delegación peruana para el plebiscito de Tacna y Arica, y luego para el asunto de Leticia; redactor de la Exposición presentada a la Comisión especial de Límites sobre las fronteras Norte y Sur del territorio de Tacna y Arica, para reivindicar la provincia de Tarata, esforzándose por impedir la ratificación del tratado Salomón-Lozano.
Ejerció la docencia en los colegios Anglo Peruano y Antonio Raimondi, y en la UNMSM y la Católica; fue ministro consejero en España e integró la delegación acreditada ante la Liga de las Naciones como ministro plenipotenciario; organizó la conmemoración del cuarto Centenario del descubrimiento del río Amazonas (1942) y el primer Congreso Internacional de Peruanistas (1951).
Porras Barrenechea fue miembro de la Academia Peruana de la Lengua y del Instituto Histórico del Perú; embajador en España (1948-49), entre otros importantes cargos. Apoyó también la creación de la Academia Diplomática, para que esta tuviese un sentido de misión trascendente y pusiera de manifiesto los principios de justicia y amor al Perú.
Su actividad investigadora y literaria fue tanto o más trascendente, y le valieron los premios nacionales de Cultura y de Historia (1945), y de estudios históricos y de ensayos literarios (1956).
Las obras de su amplia producción bibliográfica son consideradas verdaderas piezas literarias, por su estilo depurado, y ‘clásicos ejemplos del buen decir’.
Con su muerte, el 27 de setiembre de 1960, el Perú perdió al gran humanista, intelectual, político comprometido con las causas nobles, y sobre todo al maestro que enseñó a amar a la patria que lo vio nacer.