Opinión
Julio Panduro Chamorro
Periodista y politólogo
Si bien el Gobierno de la República Popular China es oficialmente ateo, y la gran mayoría de chinos confiesa la misma condición, hay doctrinas que rigen con bastante frecuencia el estilo de vida de la población, como el budismo, el confucianismo y el taoísmo.
Por ejemplo, puede verse en las calles, en el metro y en lugares públicos, como los parques, a la gente portar un “mala”, cadena de cuentas generalmente de madera que se usa para contar mantras o respiraciones al meditar, costumbre típica de los que profesan el budismo. También es común ver a centenares de chinos dedicar plegarias a las estatuas de Buda en el famoso Templo Lama, en Beijing.
Aunque existe esa adhesión al budismo, taoísmo y confucianismo, los chinos no se confiesan como tales. Aseguran ser ateos y que solo siguen las enseñanzas de las “filosofías de vida” que representan esas tres doctrinas mayoritarias, que se reflejan en prácticas como el taichí, la acupuntura y la medicina tradicional china, entre otras.
Hay minorías étnicas, como los budistas tibetanos o los uigures musulmanes, que siempre han tenido presente la religión, pero esa espiritualidad o sentimiento religioso también se está abriendo paso entre los chinos de la etnia han, el grupo al que pertenece el 91% de la población. Es decir, las creencias en China ya no son práctica de grupos pequeños, sino también de las comunidades más grandes con acceso a fuentes de información y favorecidas generalmente por el despegue económico del país.
Atrás quedó la Revolución Cultural, que trató de suprimir todo tipo de creencia religiosa. Hoy se ha alcanzado un equilibrio reflejado en la tolerancia del Gobierno respecto a las expresiones religiosas que discurran por canales oficiales y no amenacen el orden impuesto.
De esa manera, el Partido Comunista acepta con relativa tolerancia a las agrupaciones religiosas guiadas desde China, pero aquellas con conexiones en el exterior, como las de los budistas tibetanos y su exiliado dalái lama, los musulmanes inspirados por movimientos islámicos o los cristianos que buscan liderazgo fuera de las fronteras, son controladas de manera rigurosa.
La historia ha demostrado con creces que los movimientos espirituales y religiosos tienen la capacidad de transformar radicalmente una sociedad porque ofrecen un proyecto alternativo de sistema y la fe es un poderoso aglutinador. China está consciente de esa energía y trata de mantener el delicado balance de respetar las costumbres de sus habitantes y garantizar la estabilidad del país.