• JUEVES 2
  • de abril de 2026

Opinión

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Los tres golpes al ego humano

Manuel Arboccó

Psicoterapeuta–Profesor Universitario

El segundo mazazo llegó con el biólogo inglés Charles Darwin (1809-1882), quien arruinaba la idea de nuestro origen divino por un padre creador todopoderoso y más bien nos ubicó como una especie animal producto de la evolución biológica por medio del lento y complejo proceso de la selección natural. Veamos, resultaba que no solo no ocupábamos una zona especial en el cosmos, sino que también ahora se había atrevido este científico a ponernos como una especie más evolucionada que nuestros hermanos animales no racionales (o simplemente bestias, como solía llamarse a los otros mamíferos).

Esto ya era motivo de síncope para muchos, al punto que las ideas de Darwin no fueron aceptadas por la mayoría hasta unas décadas después. Segundo golpe al orgullo colosal del hombre.

El tercer gancho, como dirían los aficionados al boxeo, llegaría con el propio Freud (1856-1939), quien propondría que los seres humanos no somos ni tan racionales ni tan conscientes ni tan morales como nos creíamos.

Él nos vería como sujetos que somos presas de deseos y fantasías inconscientes, las cuales empujan por realizarse en la vida cotidiana y generando con ellos una tensión que –mal atendida– podría volvernos unos seres neuróticos cuando no psicóticos.

Cierto es que es una visión sesgada de las personas, luego refutada por otras teorías filosóficas y psicológicas posteriores.

Pero estos tres momentos importantes en la Astronomía, la Biología y la Psicología (tres campos científicos) chocaron con creencias arraigadas e imágenes que teníamos de nosotros.

La ciencia, que no dice lo que es correcto ni incorrecto (eso le corresponde hacerlo a la Ética), se oponía a una propia visión como seres principales en el cosmos, celestiales en su origen y racionales y transparentes en su personalidad. Y dejar una imagen así, tan apropiada, por aceptar nuestras limitaciones, dificultades y semejanzas con otras especies fue, efectivamente, un durísimo impacto al narciso que todos llevamos dentro.