Opinión
Celinda Barreto
Periodista
Hay entre ellos artistas que cultivaron diversos estilos, y aunque enumerarlos o siquiera tratar de recordar a todos sería muy extenso y siempre habría omisiones, hay que mencionar que fue Pancho Fierro uno de los primeros pintores costumbristas que nos dejaron constancia de las fiestas y personajes de la Lima virreinal, en proceso de desaparición, y de la Lima independiente, en la que costumbres y personajes permanecieron inmutables por un buen tiempo.
Mulato nacido en Lima, de quien no se sabía con certeza quiénes fueron sus padres, lo que queda de la obra de Fierro se encuentra principalmente en el Museo de Arte y en la Pinacoteca Municipal de Lima, y quizá el reciente aniversario de la fundación de la ciudad sea ocasión propicia para recordar a este artista, al que podríamos llamar callejero, que en los sencillos papeles en los que hizo sus dibujos, supo captar a los personajes de los espacios públicos de la ciudad.
Pancho Fierro fue casi el único representante de la llamada pintura costumbrista de esa época, pues se encargó de retratar, en pequeños trozos de papel, a los personajes que poblaban las calles de la ciudad, especialmente a aquellos que por recorrerla a diario eran muy populares, como las anticucheras, las chicheras, las picaroneras, los aguateros, entre muchos otros.
Otros de los personajes limeños que con mucha frecuencia aparecen en las acuarelas de Pancho Fierro fueron las tapadas, esas mujeres que escondían sus rostros tras oscuros y tupidos velos y que, sin embargo, mostraban sinuosas formas bajo faldones coloridos, amplios pero envolventes.
“Su vestido es único… Lima es la única ciudad del mundo donde han aparecido. Cuánta gracia tienen estas bellas mujeres, con su saya al sol, que dibujan las formas verdaderas de algunas, falsas en muchas otras, pero que imitan tan bien la naturaleza que es imposible al verlas tener idea de la superchería”, dijo de las tapadas limeñas la escritora francesa Flora Tristán, radicada en nuestras tierras en las primeras décadas de 1800.
Otro artista que se sintió motivado a perennizar a las tapadas limeñas fue Juan Mauricio Rugendas, pintor alemán que recorrió el Perú en 1842 y, posteriormente, hizo muchos otros viajes por Sudamérica. Formado en la academia de pintura de Múnich, Rugendas pintó fiestas, paisajes y personajes, y como muchos otros, se dejó impactar por esas mujeres que, a pesar de estar cubiertas casi por completo, lograban despertar sorpresa, curiosidad y, quizá también, pasiones.