• JUEVES 30
  • de abril de 2026

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Felipe Santiago Salaverry

periodista

Felipe Santiago Salaverry nació en Lima el 3 de mayo de 1806. Sus padres fueron Felipe Santiago Salaverry y Ayerdi, contador, y doña Micaela del Solar. En 1820 ingresó al colegio San Fernando para estudiar Matemáticas y Filosofía, pero a los pocos meses, sin que lo supieran sus padres, abandonó sus estudios para presentarse como voluntario ante San Martín en el cuartel general de Huaura, junto con Juan Antonio Pezet (como él, también futuro presidente del Perú).

Sentó plaza de cadete en el histórico batallón Numancia y tuvo su bautizo de fuego en el primer sitio del Callao, cuando solo era un imberbe de 16 años. Fue tan destacada su actuación que mereció el grado de subteniente. Desde entonces tomó parte en cien y una batallas, con un arrojo y una audacia admirables: campañas de intermedios; Batalla de Zepita; batallas de Junín y de Ayacucho, guerra madre de todas las batallas; campaña de emancipación del Alto Perú (1825).

Su carrera militar no pudo ser más centelleante.

A fines de año recibió el grado de teniente coronel y en el acto fue nombrado ayudante de campo del presidente La Mar, a quien acompañó durante la guerra contra la Gran Colombia. Al ser depuesto La Mar, Salaverry se separó del servicio.

Dos años después, el presidente Gamarra lo nombró subprefecto de Tacna (1831), donde, acaso por primera vez, llevó una vida sosegada y sociable, al punto que al año siguiente se casó con una linda chica del lugar, Juana Pérez. Decidido a entregarse a la agricultura, viajó a Lima para solicitar su pase al retiro. Pero ese año, 1833, Gamarra lo acusó de conspirador y, tras ordenar su detención, dispuso su confinamiento en Chachapoyas. Allí, gracias a su carisma, sedujo a sus custodios, con los cuales depuso al prefecto de Amazonas y desconoció al gobierno de Gamarra. Se alzó en armas, mas fue derrotado y apresado. Sin embargo, logró otra vez que sus custodios lo liberaran y se unió a las fuerzas del nuevo presidente, Luis José de Orbegoso.

Después de contribuir con la derrota de la rebelión de Pedro Pablo Bermúdez, Orbegoso lo ascendió a general de brigada, acaso para ganar su apoyo. A partir de este nuevo y resonante ascenso –se dice– solo pensó en ocupar la Presidencia. Ausente el presidente de la capital, se sublevaron clases y soldados en la fortaleza de Real Felipe (Callao), que Salaverry tomó por asalto, poniendo fin al desconcierto.

Nombrado gobernador de aquella plaza (febrero de 1835), Salaverry se autoproclamó Jefe Supremo de la República*. Su autoridad fue reconocida sucesivamente en diversos puntos del país.

Orbegoso pidió entonces ayuda al general Andrés de Santa Cruz, presidente de Bolivia, y, con el compromiso de establecer una confederación, ingresó en el Perú con 5,000 soldados. Salaverry declaró “guerra a muerte a los bolivianos” y salió al encuentro de los invasores.

Venció en el combate de Gramadal y en la Batalla de Uchumayo, pero fue derrotado en Socabaya (7 de febrero de 1836). Hecho prisionero, se le sometió a un proceso sumario y, al margen de todas las convenciones aplicadas a las guerras regulares, se le declaró culpable de crímenes de guerra, por lo que fue condenado a muerte. En esa malhadada suerte, Salaverry murió fusilado en la plaza de Armas de Arequipa, el 18 de febrero de 1836. Su último pedido fue una pluma y unos folios en los que escribió tres documentos: su testamento, una carta a su mujer y su “Protesta ante la América” por su ejecución.

Figura controvertida, polémica, para Ventura García Calderón fue “un romántico de la acción”. Para otros, como el historiador Eduardo Martín Pastor “…un ególatra audaz e inteligente, pero impulsivo, cruel, voluntarioso”. “No tenía amigos”, dice, por su parte, Nemesio Vargas. Pero prevalece, la imagen del soldado valiente, intrépido, honestamente patriota.

Una de las principales avenidas de la capital recuerda su tempestuoso paso en el devenir de la República.

*Fue el presidente más joven del Perú y también el más joven en partir a la eternidad.