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Majadero. Terrible. Catastrófico. Los mejores adjetivos son lluvias, huaicos, sequías e inundaciones, manifestaciones del fenómeno climático llamado El Niño, una realidad que ha afectado la vida y la economía de las civilizaciones que nos precedieron.
El historiador Lorenzo Huertas –en los micrófonos del programa Sucedió en el Perú (TV Perú)– ha denominado “lapso crítico” a estos desastres inusuales provocados por la naturaleza, que pasa de madre a madrastra.
De calamidad a impúber
Los cronistas las llamaban “calamidades” o “injurias del tiempo”. Los científicos del XXI concluyeron que El Niño es el debilitamiento de los vientos alisios, y la superposición de las aguas calientes sobre las frías en el océano Pacífico.
En 1893, dos años después de un ‘Meganiño’, se identificó la relación existente entre las intensas precipitaciones en Piura y la corriente. Y el sabio Antonio Raimondi decía: “La geomorfología, los estudios de sedimentos y la paleontología señalan que el Fenómeno El Niño ocurre por lo menos desde hace 40,000 años”.
El mote infantil con el que se conoce es reciente. El capitán de navío Camilo Carrillo lo puso en negro sobre blanco en 1892, en el Boletín de la Sociedad Geográfica. Había escuchado a los marinos del puerto de Paita (Piura) referirse a la elevación de la temperatura de las aguas al fenómeno como “corriente de El Niño” porque se daban después de las fiestas de la Navidad, como un “regalo” al Niño Dios. Amén.
Sapiencia precolombina
Los moche, lambayeque y chimú padecieron las largas lluvias y –paradójicas– sequías de El Niño. En la Huaca de la Luna se desenterró a 70 varones sacrificados para aplacar las poderosas fuerzas de la naturaleza. Mas El Niño hizo caso omiso y el señorío moche llegaría a su fin en el siglo VII. Centurias después, El Niño ocasionaría catástrofes en el Altiplano, y la desaparición de los imperios Wari y Tiahuanaco.
El fenómeno fue el gran causante también de migraciones: la sequía de 30 años llevó a los mochicas de Trujillo hacia Lambayeque. El movimiento fue abrupto, con guerras y cambios en las iconografías.
Sacerdotes y prevención
Las sociedades precolombinas afinaron sus castas sacerdotales. Desde sus santuarios estos astrónomos observaban los fenómenos atmosféricos, y daban sus predicciones. Valiéndose de mitos y leyendas, la población solo habitaba en las alturas, evitando así ser arrastrados por los huaicos. “Era un modelo de ordenamiento territorial”, define el historiador Carlos Carcelén.
Durante los tiempos de los incas Pachacútec y Túpac Yupanqui, en el siglo XV, se da uno de estos “lapsos críticos”: en 1470 ocurre un Niño en el norte, llenando de lodo y piedra al Tahuantinsuyo, mientras al sur se producen sequías, acompañados de temblores y la erupción del volcán Misti. Por ello, no es casualidad que el inca Pachacútec organizara el aparato sacerdotal inca, explica Lorenzo Huertas: había que saber cuándo vendrían las lluvias y sequías.
El otro brazo de respuesta de los incas frente a las inclemencias del tiempo fue la red de más de 70 collcas o depósitos, donde se acumulaban alimentos y ropa, que les permitían responder a inundaciones y sequías. Como aquella sequía que duró una década en tiempos del visionario Pachacútec: el Cusco no colapsó.
Colonia golpeada
Los españoles desterraron a los sacerdotes, y El Niño de 1578 fue uno de los más devastadores: sin planes de previsión del Virreinato, las lluvias que duraron cuatro meses destruyeron toda la agricultura lambayecana; hubo plagas que diezmaron la población.
Lo que se enfatizó fue la fe católica, que vino con el renacer del culto a las huacas y la nostalgia incaica. Luego se dieron dos Niños en el siglo XVIII. El de 1720 destruyó con lluvias Zaña, mientras que Lima sufrió de sequía. La elevada mortandad y la peste bubónica fueron el común denominador.
Motivados por estos malos momentos y los déficits en la salud pública es que la Sociedad de Amantes del Perú promueve, a fines del XVIII, cambios en los hábitos de higiene, que pasan por la creación del primer cementerio público de Lima y el tapado de las acequias.
Del siglo XX en adelante
El siglo XX, climatológicamente hablando, se inicia en 1925, cuando un ‘Meganiño’ destruyó la costa norte peruana. De pasada, enfermedades y lluvias debilitaron al gobierno de Augusto B. Leguía. Lima soportó la lluvia más intensa de su historia documentada.
La modernización de la observación del clima llegaría al país en 1965, cuando se instalan las estaciones meteorológicas e hidrológicas, que permiten, finalmente, tener registros de las manifestaciones de episodios de El Niño.
De lo registrado para la ciencia, se sabe que El Niño de 1982-1983 fue tan catastrófico como el de 1925. Afectó a 1’330,000 personas en 17 departamentos. Murieron directamente 512 personas. Carlos Carcelén asegura que causó pérdidas económicas por 3,000 millones de dólares.
El siguiente Niño de niveles extraordinarios fue el de 1997-1998: tuvo consecuencias en 23 departamentos, generó 3,500 millones de dólares en pérdidas; fallecieron 366.