• JUEVES 2
  • de abril de 2026

Opinión

FOTOGRAFIA
ENFOQUE

El verdadero rostro de San Martín de Porres

Con nuestro santo, que tiene devotos y obras que llevan su nombre en el mundo entero, podríamos interrogarnos ¿por qué cuenta con tantos seguidores? Él nunca exigió nada, no tenía necesidad de pedir ni de exhortar, pero siempre los tuvo.

En esta época que se habla tanto de la popularidad de los personajes, de aquellos que buscan fama, la gente siempre recae en ídolos superficiales que en nada representan ejemplos virtuosos para la población. Sin embargo, los santos, especialmente el peruano Martín de Porres, posen miles y hasta millones de seguidores, sin haber dejado escritos ni tratados que los hicieran presentes en la humanidad.

La biografía del santo moreno lo ubica entre la gente sencilla, y, como si él lo hubiera pedido, su canonización fue por el Papa Bueno, Juan XXIII, el 6 de mayo de 1962, en días de gran tensión para el mundo que vivía diferentes episodios de la guerra fría entre Oriente y Occidente.

La comunidad internacional tenía muchos problemas: se decía que vivíamos en paz, pero habían conflictos sociales y políticos. La Santa Sede, como miembro observador de las Naciones Unidas, conocedora de los desafíos de las potencias, surgió con su voz a favor de los pobres y declaró santo a un limeño, mulato, hijo de un español y de una liberta de Panamá que no habían contraído matrimonio debido a las consideraciones sociales, pero que tenían una unión estable, y cuyo fruto estuvo representado por dos niños, Martín y Juanita.

Martín de Porres subió al altar de Bernini, como precursor del servicio social, gracias a las virtudes y dones extraordinarios durante su vida dedicada a ser hermano cooperador de la orden de predicadores del convento de Santo Domingo, en Lima, que entonces era el centro del Nuevo Mundo.

Martín de Porres tiene devotos en muchos continentes, como Albert John Lutuli, premio Nobel de la Paz en 1960, líder zulú, de educación protestante, luchador contra la discriminación racial, quien en su escritorio de África del Sur tenía la imagen del santo peruano.