Año de la Esperanza y el Fortalecimiento de la Democracia
  • VIERNES 16
  • de octubre de 2026

Opinión

FOTOGRAFIA
Reflexiones

Estado: ¿innovación sin error y con castigo?


Editor
Carmen Vegas Guerrero

Magíster en Gestión Pública


Cambiar puede significar más trabajo, modificar rutinas o tomar decisiones diferentes, y puede generar un temor adicional: que, más adelante, algún órgano de control pregunte por qué se hizo distinto y sospeche de la decisión adoptada.

El resultado puede ser perverso: mantener las cosas como están, aunque demoren más, cuesten más o no funcionen adecuadamente, termina percibiéndose como menos riesgoso.

A ello se suma el comportamiento humano. Tendemos a aferrarnos a lo conocido, sobrevalorar las posibles pérdidas frente a las ganancias y evitar decisiones con resultados inciertos. En el Estado, estos sesgos se intensifican cuando innovar supone exposición personal, mientras mantener el statu quo rara vez genera el mismo costo individual. Así, se termina premiando implícitamente la inacción, en perjuicio de la calidad y eficiencia de los servicios públicos.

Paradójicamente, hoy las normas impulsan al Estado en la dirección contraria. La innovación pública forma parte del proceso de modernización de la gestión pública. Tenemos, entonces, un Estado que dice a sus servidores: innoven. Pero no se equivoquen.

¿Qué ocurre cuando una innovación correctamente diseñada no obtiene el resultado esperado? Innovar supone probar, medir, aprender y corregir. Si únicamente consideramos válida la innovación exitosa, eliminamos aquello que la caracteriza: la posibilidad de experimentar.

No se trata de eliminar el control. Una innovación debe tener sustento técnico, objetivos, indicadores, riesgos identificados, trazabilidad y evaluación. Pero necesitamos distinguir entre corrupción, negligencia o incumplimiento de la ley y un resultado adverso producido dentro de una experimentación responsable.

Un piloto que no funciona también puede generar valor: evidencia para no escalar una mala solución. La innovación pública difícilmente prosperará si el servidor siente que equivocarse razonablemente puede convertirse, años después, en responsabilidad.

El desafío es construir un sistema que permita innovar bien, aprender rápido y corregir sin miedo. Porque controlar mejor no debe significar impedir que el Estado cambie, sino ayudar a que cambie mejor.