Opinión
Periodista
Era alto, de ojos verdes y abundante barba. Fumaba sin tregua y arrastraba tras de sí un intenso olor a tabaco y a semanas sin agua.
En el bolsillo trasero del pantalón siempre llevaba un cuaderno ennegrecido donde anotaba, con letra obstinada, las direcciones de las casas que juraba suyas.
Los vecinos más antiguos del barrio aseguraban que descendía de una familia opulenta, arruinada por el infortunio de haber ostentado su riqueza justo cuando un gobierno militar expropiaba para estatizar.
Pero eran leyendas de aquellos años setenta, en los que toda quiebra se atribuía a la reforma agraria o a cualquier otra medida del régimen.
Lo cierto es que nadie conocía su procedencia, pero todos lo llamaban por el apellido, Carrasquilla, al que le anteponían el adjetivo “loco”.
Las tardes o noches que pasaba por el barrio, solía detener sus zancadas para anotar en su mugriento cuaderno una serie de números, que eran las cantidades que le debían, decía, “sinvergüenzas que nunca pagaban el alquiler.” Y retomaba la marcha en puntas de pie, tratando de escapar sin alertar a sus eternos perseguidores.
Una noche pude leer sus anotaciones en el cuaderno.
Había cifras, nombres de calles y apellidos. Ahí también estaba la dirección de mi casa, seguida de un inmenso monto. Mi familia figuraba entre los deudores de Carrasquilla.
Se lo conté a mi mamá, quien respondió, mirándome fijamente, con un simple: “Cosa de locos”.
En aquel tiempo no existía, al menos en nuestro barrio, la expresión salud mental.
“Loco” era la única palabra, corta y de fácil uso, que se utilizaba para etiquetar todo lo que no se entendía, y con ella se cerraba cualquier conversación.
Cuando me mudé del barrio dejé de ver a Carrasquilla y su ennegrecido cuaderno, dejé de sentir sus pasos cautelosos, dejé de preguntarle quién le debía más plata.
El sábado 10 fue el Día Mundial de la Salud Mental, y quiero conmemorarlo recordando sus pisadas en puntas de pie, su huida de los perseguidores que habitaban en su mente y sus anotaciones de “deudas” por el alquiler de casas que no eran suyas.
Admitiendo, también, que con los años llegué a entender que la cuenta no estaba equivocada porque le debíamos una palabra distinta de la única que teníamos para nombrarlo.
Esa palabra existe, pero seguimos usando la otra. La oigo en los hogares, en las oficinas, en las calles, en la voz de quienes dicen “está mal de la cabeza” y cambian de tema.
A veces, en una avenida de Lima, cruzo a alguien que camina deprisa, casi de puntillas, con la mirada fija en una amenaza que nadie más ve.
Carrasquilla anotaba deudas ajenas, y nosotros las pagábamos con el silencio o la burla, el mismo silencio o burla que seguimos usando frente a los otros Carrasquilla.