Editorial
No se trata de estar a favor o en contra del celular. Se trata de saber cuándo realmente ayuda y cuándo termina distrayendo. [...]puede servir mucho en una clase, pero también puede hacer que un estudiante deje de escuchar, de participar...
El problema no es la tecnología, sino cuando el teléfono deja de ser una herramienta y se convierte en una distracción que termina afectando el aprendizaje.
La nueva reglamentación del Ministerio de Educación sobre el uso de celulares y dispositivos electrónicos en los colegios públicos y privados parte de una realidad que era urgente atender.
Un estudiante que está pendiente de una notificación, un mensaje, un video o de las redes sociales difícilmente puede concentrarse de la misma manera en una explicación, una lectura o una actividad escolar.
No se trata de demonizar el celular, pues la tecnología forma parte de la educación y puede ser muy útil cuando tiene un propósito pedagógico.
Una búsqueda de información, una aplicación educativa, una actividad interactiva o una herramienta para un estudiante con alguna necesidad específica pueden enriquecer una clase. Pero eso es muy distinto a tener el teléfono disponible todo el tiempo y usarlo sin control.
La escuela tiene que recuperar la capacidad de concentrarse. Aprender requiere atención, escuchar, leer, preguntar, equivocarse y volver a intentar. También aburrirse, ser paciente, esperar y convivir con otros. El celular, cuando se usa sin límites, puede hacer más difícil cada una de esas cosas.
Por eso es importante que la norma establezca responsabilidades para todos. No basta con decirle al estudiante que guarde el teléfono.
Los padres también tienen que asumir su parte. De poco sirve restringir el celular durante las clases si en casa se permite un uso permanente, sin horarios y sin ninguna orientación.
También corresponde a los colegios aplicar medidas razonables. La disciplina no puede convertirse en humillación ni en una excusa para invadir la intimidad de los estudiantes.
Que un celular esté restringido en el aula no significa que la escuela pueda revisar su contenido. Hay límites que también deben respetarse.
La excepción para fines pedagógicos, situaciones de salud, discapacidad o emergencia es necesaria. La tecnología no debe desaparecer del colegio. Debe estar donde realmente aporta y no donde distrae.
No se trata de estar a favor o en contra del celular. Se trata de saber cuándo realmente ayuda y cuándo termina distrayendo. Un celular puede servir mucho en una clase, pero también puede hacer que un estudiante deje de escuchar, de participar o de concentrarse.
Por eso, poner límites tiene sentido. No para quitarles la tecnología a los estudiantes, sino para que aprendan a usarla en el momento adecuado. Al final, el celular puede esperar unos minutos. Una explicación, una pregunta o una oportunidad para aprender no siempre.