Opinión
Periodista
“No, gracias”, digo cuando me ofrecen la golosina, y termino mi declaración sin añadir que su sabor me parece una ofensa y que su olor me puede llevar a cambiar de acera. Pero familiares, amigos y hasta desconocidos no se conforman con un “no, gracias”. Quieren saber qué me pasa, y preguntan elevando las cejas hasta el nacimiento del cabello con una mezcla de lástima y curiosidad científica: “¿Pero en serio?”.
Para colmo, la incomprensión viene con argumentos. Según se dice, el chocolate mejora la memoria, la atención y el rendimiento cognitivo. Sin embargo, me resultó curioso, por decir lo menos, descubrir que Japón, Corea del Sur, Singapur y las poblaciones urbanas de China, que figuran entre los países de menor consumo de chocolate del mundo, superan en las evaluaciones internacionales de adultos (PIAAC) y de jóvenes (PISA) a los naciones europeas que más los consumen. Se destacan en matemática, en alfabetización científica y en resolución estructurada de problemas.
No pretendo concluir nada porque sé que correlación no es causa, pero si el chocolate fuera la clave de la inteligencia, alguien debería explicárselo a los europeos y también a los asiáticos. También circula la afirmación de que a una cada diez personas no le agrada el chocolate.
Aunque no he encontrado evidencia científica, sí he hallado algo mejor, y es que la ciencia ha investigado por qué a ciertas personas no nos gusta su sabor. Un equipo de la Universidad Estatal de Pensilvania (Penn State) halló que algunas variaciones de un gen con nombre de robot de película mala, TAS2R38, vuelven a la lengua exageradamente sensible a lo amargo. John Hayes, director del Sensory Evaluation Center y un experto en la genética de la percepción del gusto, lo explicó con sencillez: así como hay daltónicos, hay personas ciegas al sabor.
Entonces, los que no soportamos el chocolate somos daltónicos del paladar. Aunque, pensándolo mejor, estamos más bien en el extremo opuesto porque vemos demasiado. Detectamos con claridad matices amargos que ustedes se comen con una sonrisa. Somos, sin proponérnoslo, una especie de catadores de élite.
Queda un último cargo. Perú es el séptimo productor mundial de cacao, con el 4% de la producción. Soy, por tanto, un peruano con aversión a uno de nuestros productos de exportación, una traición a la balanza comercial que intento compensar bebiendo café, otro de nuestros productos de exportación.