Opinión
Periodista
Es oportuno citarla ahora porque recientemente se conmemoró el Día Internacional de la Paz, una fecha establecida por las Naciones Unidas en 1981 para que, a nivel mundial, reflexionemos sobre la importancia de evitar las guerras entre los pueblos.
Y digo “reflexionemos” en primera persona del plural porque da la sensación de que alcanzar el cese al fuego y evitar los campos de batalla entre países es un asunto que corresponde únicamente a los Estados o los Gobiernos. ¿Es cierto que solo está en sus manos?
¿Es posible que exista paz en el mundo si en nuestras casas hay violencia, desigualdad, silencios impuestos o relaciones basadas en el miedo?
La paz en el hogar, en las escuelas y en nuestra vida cotidiana es necesaria para irradiarla hacia la sociedad. Y, si eso no ocurre, entonces, esa realidad nos confronta.
Por la tanto, podemos admitir que lograr la paz no tiene un único punto de partida.
Se construye en muchos lugares al mismo tiempo: en una mesa de negociación, en una institución pública, en una comunidad y también alrededor de la mesa familiar.
Porque ¿qué sentido tiene hablar de paz en el mundo si dentro de algunos hogares todavía se vive con miedo porque hay un padre o una madre autoritarios, o porque un amigo de la familia siente que tiene derecho a abusar sexualmente de la niña, el niño o el adolescente que forma parte de ella? Se pueden prevenir estas situaciones.
Desde lo más cotidiano, y las personas adultas tenemos el gran desafío de hacerlo ante la gran “epidemia de inmadurez que aqueja al mundo”, como sostiene Álex Rovira, fundador de la Escuela de Transformación Vital, recuperando la capacidad de escuchar, respetando las diferencias de ideas en casa, negociando, pidiendo perdón, poniendo límites y resolviendo los conflictos sin recurrir a la violencia.
La prevención empieza en lo más cotidiano, y las personas adultas tenemos un gran desafío frente a la “epidemia de inmadurez que aqueja al mundo”, como sostiene Álex Rovira.
Se trata de recuperar la capacidad de escuchar, respetar las diferencias de ideas en casa, negociar, pedir perdón, poner límites y resolver los conflictos sin recurrir a la violencia.
“Hay una dificultad creciente para encontrar adultos emocionalmente disponibles, capaces de sostener vínculos sanos y asumir responsabilidades afectivas. Vivimos en una cultura que deja poco espacio a la madurez emocional”, afirma el autor de La buena suerte y La brújula interior.
Porque una familia puede parecer tranquila, y, sin embargo, detrás de sus cuatro paredes puede estar atravesada por gritos, control, humillaciones, violencia económica, sobrecarga de cuidados o relaciones en las que una persona siempre tiene que ceder. Es posible la paz en el mundo porque también está en nuestras manos.