• LUNES 21
  • de setiembre de 2026

Opinión

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Cuando nadie sabe qué está consumiendo


Editor
Milton J. Rojas V.

Coordinador de Salud Mental de CEDRO


El ejemplo más evidente es el denominado “tusi” o “cocaína rosada”. Conviene aclarar una confusión frecuente. El 2C-B es una droga sintética específica, desarrollada hace varias décadas, con efectos estimulantes y alucinógenos. El “tusi” que hoy circula en el mercado ilícito es otra cosa. Aunque su nombre deriva fonéticamente de “2C-B”, la mayoría de los análisis realizados en América Latina y Europa muestran que rara vez contiene esa sustancia. Lo habitual es encontrar mezclas de ketamina, MDMA, metanfetamina, cafeína, cocaína, benzodiacepinas y otros compuestos, en proporciones que cambian de un lote a otro. El nombre permanece, el contenido cambia.

Esta transformación no es casual. El Programa Global SMART de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) advierte que las organizaciones criminales han comenzado a diversificar la forma de presentar estas drogas mediante nombres como Happy Water (“agua feliz”), K Powder Milk (“leche en polvo K”) y “tusi”. Más que vender una sustancia determinada, comercializan productos con identidad propia, colores llamativos y nombres fáciles de recordar, aunque su composición química sea variable e impredecible. Es una estrategia de mercadeo criminal que busca ampliar mercados y atraer nuevos consumidores.

La evidencia internacional confirma este fenómeno. En Chile, el 99% de las 2,093 muestras comercializadas como sustancias del grupo “2C” contenían ketamina y solo 13 correspondían realmente a compuestos de ese grupo. En Colombia, el 71% de las 228 muestras de “tusi” analizadas contenían ketamina, generalmente mezclada con MDMA u otras sustancias psicoactivas. Hallazgos similares han sido reportados en Argentina, Uruguay y España. En otras palabras, el nombre del producto ha dejado de ser una garantía sobre su contenido.

Las consecuencias son importantes para la salud pública. El consumidor puede experimentar efectos completamente distintos a los esperados, aumentar el riesgo de intoxicaciones, crisis de ansiedad, episodios psicóticos o complicaciones cardiovasculares, mientras los servicios de emergencia enfrentan mayores dificultades para identificar qué sustancias están involucradas. A ello se suma un problema adicional: la ciencia avanza mucho más lentamente que el mercado ilícito. Mientras la investigación requiere años para estudiar una nueva sustancia, las organizaciones criminales pueden modificar sus mezclas en cuestión de días.

En el Perú también existen señales que merecen atención. El Estudio Nacional sobre Consumo de Drogas en Estudiantes de Secundaria estimó que aproximadamente 22,000 escolares (1.1%) habían consumido “tusi”, alrededor de 10,000 (0.5%) ketamina y cerca de 8,000 (0.4%) MDMA o éxtasis alguna vez en su vida (Devida, 2024). Aunque estas cifras todavía son relativamente bajas, muestran que estas sustancias ya circulan en el país y alcanzan progresivamente a poblaciones más jóvenes.

Otro fenómeno preocupante es la expansión de los cannabinoides sintéticos, comercializados bajo nombres como Spice o K2. A diferencia del cannabis natural, estos productos pueden contener compuestos sintéticos de alta potencia y composición variable, asociados con cuadros graves de ansiedad, convulsiones y otras complicaciones clínicas.

Existe además un desafío que pocas veces forma parte del debate público. En un país donde la informalidad y la automedicación continúan siendo problemas relevantes, el desvío y la comercialización ilícita de medicamentos desde la cadena legal de suministro podrían estar facilitando la elaboración de algunas drogas sintéticas, particularmente aquellas basadas en ketamina. Aunque se requieren más investigaciones para dimensionar este fenómeno, constituye una hipótesis de trabajo que debería orientar los esfuerzos de vigilancia sanitaria, fiscalización e investigación.

Este nuevo escenario también interpela a los profesionales de la salud mental. Ya no basta preguntar “¿qué droga consumiste?”. Hoy resulta igualmente importante indagar cómo era la presentación del producto, dónde fue adquirido, qué efectos produjo y si fue consumido junto con alcohol, medicamentos u otras sustancias. En muchos casos, el propio consumidor desconoce qué estaba consumiendo.

La mayor amenaza de las drogas sintéticas ya no es únicamente la aparición de nuevas moléculas. Es la consolidación de un mercado ilícito que transforma sustancias, medicamentos y compuestos químicos en productos atractivos, cambiantes y difíciles de identificar. Cuando el consumidor deja de saber qué está consumiendo, la incertidumbre deja de ser un detalle y se convierte en uno de los principales riesgos para la salud pública. Fortalecer los sistemas de alerta temprana, la investigación toxicológica, la vigilancia del desvío de medicamentos y las estrategias preventivas basadas en evidencia científica debería formar parte de las prioridades del Perú.