Derecho
Carlos Armas
CEO de COA Tecnología
Desde el año 2025 existe un reglamento de la Ley N.° 31814 que establece un marco para promover el uso de la inteligencia artificial en favor del desarrollo económico y social, con disposiciones aplicables a su uso responsable y gobernanza. El reto no es frenar la IA, sino gobernarla.
El problema es que la velocidad de adopción de la IA está superando la velocidad de maduración tecnológica dentro de muchas organizaciones. Según la OCDE, el uso de IA en empresas se duplicó en los dos últimos años. La adopción avanza rápido, pero no siempre sobre arquitecturas de datos modernas, integradas y auditables.
Para las empresas, esto marca un punto de inflexión: la IA ya no es solo una herramienta de eficiencia, sino un activo que deberá ser gestionado con criterios de trazabilidad, supervisión y control. La verdadera carrera de las empresas no es contra el regulador, sino contra su propia deuda tecnológica. No se puede explicar un algoritmo ante un supervisor si los datos que lo alimentan están fragmentados, duplicados o dispersos en sistemas heredados. La gobernanza de IA empieza mucho antes del modelo: empieza en la calidad del dato, en la trazabilidad y en la capacidad de convertir la información en evidencia.
La paradoja es que más regulación no necesariamente reduce el riesgo si la base tecnológica de la empresa sigue siendo débil. Una organización puede contar con políticas de IA, comités de cumplimiento y manuales internos, pero si sus datos provienen de sistemas no integrados, hojas de cálculo paralelas o procesos manuales sin trazabilidad, la promesa de explicabilidad será difícil de cumplir. Por eso, la nueva agenda empresarial alrededor de la IA no debería limitarse a chatbots o automatizaciones visibles. El foco estratégico está en las capas menos vistosas: gobierno de datos, interoperabilidad, business intelligence, arquitectura tecnológica, ciberseguridad, documentación de procesos y control de modelos. En otras palabras, la regulación de IA está obligando a las empresas a ordenar su casa tecnológica antes de escalar.
La regulación peruana abre una nueva etapa: la adopción de IA tendrá que pasar de la experimentación aislada a la gestión formal. Para los directorios y gerentes generales, la pregunta ya no será cuántas iniciativas de inteligencia artificial tiene la empresa, sino cuántas de ellas pueden ser auditadas, explicadas y sostenidas con datos confiables. En la era de la IA regulada, la confianza empresarial se construirá con datos limpios, modelos explicables y evidencia disponible.