Opinión
Periodista
En los tres partidos que disputó, el arco de Curazao –ignoraba que esta isla tuviera una selección de este nivel– recibió 64 remates, un promedio de 21 disparos por encuentro que constituye, sin duda, un récord dramático, y encajó nueve goles. Pero esta fragilidad no disminuyó mi simpatía. Al contrario, la acrecentó al observar que los futbolistas curazoleños no descosían a patadones a los rivales. Solo cometieron 34 faltas (un promedio de once por cotejo), y ninguna fue tan descalificadora como para merecer una tarjeta roja.
La primera vez que escuché de Curazao era apenas un niño de 8 o 10 años, cuando atendía fascinado las historias de un primo marino. Él había llegado a esa isla del Caribe a bordo de un buque de la Marina de Guerra para transportar petróleo –ya no recuerdo si para cargarlo o descargarlo–. Hablaba de una isla pequeña, con gente muy alegre y hospitalaria.
Desde entonces, el nombre Curazao –que según los historiadores fue acuñado por los navegantes portugueses para identificar a la isla con forma de corazón– me rondó la cabeza durante décadas. Sin embargo, ha sido necesario este mundial para empezar a descubrir a fondo la nación de cuya selección me declaro hincha.
El Estado del país forma parte del Reino de los Países Bajos. Su superficie de 444 kilómetros cuadrados equivale a poco más del doble de la provincia constitucional del Callao, y su población de 154,000 habitantes apenas llenaría un par de veces el Estadio Monumental en Ate.
En el plano económico, el Banco Mundial da cuenta que su PBI (2025) fue de 3,560 millones de dólares, pero su PBI per capita ascendió a 22,832 dólares. El PBI del Perú ronda los 289,000 millones de dólares, pero nuestro ingreso per capita es de apenas 8,452 dólares. Esto demuestra que Curazao es una comunidad pequeña y próspera, pero sin el volumen demográfico necesario para competir con éxito en la élite del fútbol.
La selección de camiseta azul ha resistido pacíficamente. No buscó el camuflaje de la violencia para equiparar la inferioridad. En un mundo obsesionado con los ganadores efímeros y el éxito a cualquier precio, la historia deberá recordar a Curazao como el equipo que demostró, en el torneo más grande de la Tierra, que se puede perder un partido de fútbol, pero jamás la dignidad. Por eso, me declaro su hincha.