Opinión
Comunicadora social y escritora
Con los años he tratado de sacarme esos dibujos que ya no significan nada para mí, pero las veces que lo intenté costaba muchísimo dinero o me hicieron pasar por demasiado dolor, así que ahora luzco los borrones de un manotazo de ahogada en una etapa que terminó siendo mi mejor época deportiva, tanto así que cambié de década con dos maratones casi seguidas y la llegada de mi hija más pequeña.
Por lo tanto, aprendí que si no me gustaba la vida como la tenía, era mi trabajo cambiarla y me dediqué a escribir, publicar, seguir estudiando, me divorcié, gané un premio por mi primera novela, me volví profesora y, entre letras y libros, pasaron 20 años y llegaron los 50, mi segundo número temido. El año pasado hasta lloré cuando los cumplí porque reconocí que ya he vivido más años de los que seguramente viviré y sentí que debo ser aún más cuidadosa que nunca con las personas y actividades a las que les dedico mi regalo más preciado, el tiempo, ese que se me escapa como agua cada día que pasa, pero hoy que cumplo 51 me parece una tamaña estupidez el drama del año pasado, creo que tener vida ya es un regalo lleno de oportunidades que no estoy dispuesta a dejar pasar.
Así que esta columna la hago desde la base de mi filosofía de vida porque creo que uno debe tener actitud frente a la vida y determinación frente a la adversidad. El día de hoy sigo cuidando a qué o quién le regalo mi atención, pero he decidido confiar en que hay un plan perfecto en el que todo tiene su tiempo y su momento, yo solo debo hacer mi parte. Es decir, debo seguir soñando, armando proyectos, trazándome metas, agradeciendo por lo bueno que llega y soltando lo que se va.
Además, mi madre me enseñó que la vida se celebra, así que ese día cuando hablábamos de las edades que me habían conmocionado, prometí que nunca más iba a permitir que un número cambie mi estado de ánimo, así sea el de la cuenta de banco, de la balanza o el del calendario, la vida es lo que sucede un día a la vez. Corolario, cierro esta columna con la frase final del poema ‘Invictus’ de William Henley: “No importa lo estrecha que sea la puerta, cuán llena de castigos la bóveda. Yo soy el amo de mi propio destino, yo soy el capitán de mi alma”.