En el Observatorio Geofísico de Huancayo (OGHYO), en el valle del Mantaro, el Instituto Geofísico del Perú realiza mediciones de alta precisión para estudiar cómo los ecosistemas agrícolas altoandinos intercambian energía, vapor de agua y dióxido de carbono con la atmósfera.
Estas observaciones permiten responder una pregunta central: ¿cuándo un terreno agrícola captura carbono y cuándo lo libera?
Para ello se utiliza el sistema Eddy Covariance, tecnología reconocida internacionalmente para medir flujos turbulentos.
El sistema registra varias veces por segundo variaciones del viento, temperatura, vapor de agua y dióxido de carbono, permitiendo calcular el intercambio neto entre la superficie y el aire.
Los resultados muestran un patrón diario definido. Durante las horas de mayor radiación solar aumenta el calor sensible y se intensifica la evapotranspiración.
Entre la mañana y la tarde, la vegetación captura dióxido de carbono mediante la fotosíntesis; por la noche predominan las emisiones asociadas a la respiración de las plantas y del suelo.
Este ciclo permite determinar si un ecosistema agrícola actúa como sumidero o fuente de carbono.
La información es valiosa para los inventarios nacionales de gases de efecto invernadero porque incorpora evidencia local y reduce la dependencia de estimaciones basadas en otros territorios.
Las mediciones también ayudan a entender la dinámica de la capa límite atmosférica, la parte más baja de la atmósfera y la más sensible al calentamiento del suelo, la fricción del viento y la evapotranspiración.
En el OGHYO, su espesor puede variar entre 300 metros durante la noche y más de 1,500 metros al mediodía, cuando la turbulencia convectiva alcanza su mayor desarrollo.
Otro aspecto relevante es el análisis del área de influencia de cada medición, conocida como footprint. Este procedimiento identifica qué zonas del terreno contribuyen realmente a los datos registrados.
En el caso estudiado, las áreas de mayor aporte pueden extenderse entre 100 y 150 metros alrededor del sistema de medición, según la dirección del viento y la intensidad de la turbulencia.
La importancia de estos estudios trasciende el ámbito académico. Sus resultados pueden mejorar modelos climáticos, orientar medidas de adaptación, fortalecer la gestión del agua y reducir riesgos en zonas agrícolas de montaña.
Con más de un siglo de tradición científica, el OGHYO integra hoy su histórica serie de datos con instrumentación moderna, como radares y sensores atmosféricos.
Conocer cómo “respiran” los ecosistemas altoandinos no es solo una curiosidad científica: es una herramienta para entender el presente climático del país y prepararnos mejor para su futuro. Ciencia para protegernos, ciencia para avanzar.