Opinión
Periodista
Su propia familia lo consideraba un inútil, pero lo dejaron vivir porque creían que no era una amenaza. Pero se equivocaron.
La historia de Claudio cambió el 24 de enero del año 41 d. C. Ese día, Calígula fue asesinado por su custodia, la Guardia Pretroriana, entre otras razones porque, según el historiador Suetanio, fue un “monstruo” que alardeaba de una brutalidad innata.
Tras del crimen, los rebeldes recorrieron el palacio buscando eliminar a los leales al tirano.
Encontraron a Claudio escondido detrás de una cortina, pero en vez de matarlo, lo proclamaron emperador. Así, el “estúpido” terminó gobernando el imperio más poderoso de la Tierra.
Hoy, la historia no lo recuerda como un “idiota”, sino como uno de los administradores más eficaces de Roma al fortalecer la justicia, mejorar la vida de los ciudadanos y expandir el Imperio.
Claudio no cambió. Lo que cambió fue el contexto y el criterio con el que había sido juzgado.
He recordado su historia al releer un antiguo reportaje de la BBC que plantea una pregunta aún vigente: ¿por qué personas con expedientes académicos impecables terminan siendo líderes desastrosos, mientras otras, subestimadas o descartadas, sorprenden cuando acceden al poder?
En este reportaje, el psicólogo de la Universidad de Yale Robert Sternberg sostiene que el sistema educativo premia la memoria, la disciplina y la capacidad de dar respuestas correctas, pero no necesariamente el juicio, el sentido común ni la ética. En otras palabras, forma buenos alumnos, aunque no siempre buenos líderes.
Otras teorías añaden que quienes poseen cierto nivel de conocimiento suelen sobreestimar sus capacidades, lo que los lleva a tomar malas decisiones.
A eso se suman las personas entrenadas para dar respuestas correctas, pero que suelen fallar al enfrentar situaciones donde lo que importa no es acertar, sino decidir con prudencia.
Una tercera teoría explica que los considerados como los mejores muchas veces no aprenden a lidiar, reconocer y procesar el error. En consecuencia, pueden repetirlo.
La historia de Claudio demuestra que el sistema promueve y descarta mal, relegando a los que no encajan en los moldes, a quienes son capaces de desarrollar habilidades como resiliencia, capacidad de adaptación y sentido práctico.
Por eso no debería sorprendernos lo que vemos.
Quizá el problema no es solo que personas incompetentes lleguen arriba.
Quizá el verdadero problema es que seguimos usando criterios defectuosos para decidir quién merece llegar… y quién no.
Mientras eso no cambie, seguiremos eligiendo líderes que solo muestren impecables currículums, pero que resulten peligrosamente deficientes en la realidad.