• DOMINGO 10
  • de mayo de 2026

Opinión

FOTOGRAFIA
APROXIMACIONES

La memoria eterna de la Gran Victoria

Incluso hoy seguimos enfrentándonos a manifestaciones de neonazismo y neocolonialismo.


Editor
Alexey Ushakov

Embajador de Rusia en el Perú


La ideología de la supremacía racial, que constituyó la base del régimen nazi, intentó dar una apariencia pseudocientífica a la monstruosa idea de que un pueblo podía ser “elegido” y otro destinado a la destrucción. Esa ideología no contenía nada más que crueldad, engaño y una ambición desmedida de dominación mundial.

Hitler no invadió la URSS por casualidad. Estaba convencido de que la victoria sería rápida y sencilla, ya que Alemania había sometido a gran parte de Europa y su ejército era una de las maquinarias militares más poderosas de su tiempo. Las élites occidentales también veían en la Unión Soviética una amenaza y, por ello, Hitler era un instrumento capaz de destruir el sistema soviético.

Además, la Alemania nazi necesitaba recursos. El concepto de “espacio vital” (Lebensraum), inspirado en las prácticas coloniales, exigía la conquista de nuevos territorios, y la URSS era vista por Hitler como una fuente de alimentos y materias primas. Creía que una victoria rápida le permitiría convertir a la Unión Soviética en una especie de colonia, donde la población sería exterminada o reducida a la esclavitud. El llamado Plan Ost contemplaba una explotación brutal de los territorios orientales, reproduciendo, en gran medida, métodos de administración colonial utilizados en India y África.

El 22 de junio de 1941 comenzó la Gran Guerra Patria. La Unión Soviética tendría que combatir al enemigo durante cuatro años. Las tropas nazis avanzaban hacia Moscú, pero ya en diciembre de 1941 el Ejército Rojo lanzó una contraofensiva que destruyó el mito de la invencibilidad de la Wehrmacht. El sitio de Leningrado (ahora llamado San Petersburgo) se convirtió en símbolo de resistencia: durante 872 días la ciudad permaneció cercada y logró sobrevivir pese al hambre y constantes bombardeos. En Stalingrado (Volgogrado hoy en día), los soldados soviéticos cambiaron el rumbo de la guerra, deteniendo la maquinaria fascista a orillas del Volga. La batalla de Kursk, el mayor enfrentamiento de carros de combate en la historia, acabó definitivamente con las esperanzas de Hitler y quebró la columna vertebral de la Wehrmacht.

La apertura del segundo frente en junio de 1944, cuando los aliados desembarcaron en Normandía, obligó al ejército nazi a combatir en dos frentes, acelerando la caída de Alemania. En abril de 1945, las tropas soviéticas llegaron a Berlín.

El 9 de mayo pasó a la historia como el día del triunfo de la justicia sobre el mal. Nadie expresó mejor el papel de la URSS en la derrota del nazismo que sus propios contemporáneos. El 28 de abril de 1942, Franklin D. Roosevelt declaró en un mensaje dirigido al pueblo estadounidense: “Las tropas rusas han destruido y continúan destruyendo más poder militar de nuestros enemigos – soldados, aviones, carros de combate y artillería – que todas las demás Naciones Unidas juntas”. Winston Churchill, en un mensaje dirigido a Iósif Stalin el 27 de setiembre de 1944, escribió que “fue precisamente el ejército ruso el que desmanteló la maquinaria militar alemana…”. Estas palabras quedaron para siempre en la historia como reconocimiento del aporte decisivo del pueblo soviético a la victoria sobre el nazismo.

Las lecciones de la Segunda Guerra Mundial debieron enseñar a la humanidad que las ideologías de superioridad y odio solo conducen a tragedias. Sin embargo, incluso hoy seguimos enfrentándonos a manifestaciones de neonazismo y neocolonialismo. En varios países, sobre todo en Europa Oriental, se derriban monumentos a los soldados soviéticos, mientras se ignoran y hasta se fomentan actos de vandalismo contra tumbas y memoriales militares. La Federación de Rusia sigue combatiendo ideologías nocivas, preservando la memoria histórica para poder transmitirla a generaciones venideras.