Que la gratitud se transforme en presencias, escuchas y gestos amorosos que permanezcan siempre.
Mgtr. Ángela Torrico
Profesora del Departamento de Psicología. Facultad de Humanidades de la Universidad de Piura
Ser madre no es simplemente un hecho biológico. Las mujeres que encarnan esta identidad están en un proceso de permanente aprendizaje y crecimiento. Ningún bebé nace con un manual de cómo criar a esta específica persona, única e irrepetible, que debe ser amada y respetada por ser quien es y que tiene derecho a una vida digna.
Se puede decir que los hijos son los mejores maestros. Es admirable cómo “moldean” a su madre, con la sola presencia; transforman su vida para siempre, por los sentimientos que emanan, y hacen que aflore lo mejor de ellas, como esa valentía y fuerza superiores que, probablemente, no sabían que tenían. Adicionalmente, los cambios que se producen en la madre, a nivel fisiológico desde el momento de la concepción, proveen su organismo de lo necesario para acoger íntegramente a sus hijos. La fabulosa y sabia naturaleza humana de la mujer obra al servicio de la vida engendrada.
También es importante destacar que las mujeres-madres son personas concretas, susceptibles de cometer errores, con su propia historia y dificultades, se cansan, dudan; es decir, no existe una maternidad perfecta ni un modelo de maternidad. Las madres son mujeres reales, haciendo lo mejor que pueden cada día por sus hijos; y, a pesar de sus límites, tribulaciones y postergaciones, siguen criando y sosteniendo a sus hijos con profundo amor.
A lo largo de mi vida, he visto mujeres venciendo el miedo, tomando decisiones con responsabilidad, aun a riesgo de equivocarse; que aprenden de los errores y encuentran en ellos creatividad para salir adelante. Se llenan de paciencia cuando las cosas no salen bien, aprenden a encontrar equilibrio entre sus múltiples obligaciones; y a pedir consejo. También aprenden a pedir ayuda, a ver el lado bueno de las cosas, a confiarle a Dios sus amores, esperanzas y temores; a levantarse después de cada caída; a juntar las partes cuando les rompen el corazón y criar a sus hijos desde sus propios valores y necesidades… Aprendiendo, aprendiendo, aprendiendo, esa es la labor de madre, un continuo aprendizaje transformador con el objetivo de criar personas buenas, valientes como ellas, virtuosas y con valores, que sean humildes, felices y que aporten a la sociedad.
La cualidad de la feminidad, que es la maternidad, hace posible la concepción y gestación de cada nueva persona. En la dinámica de la complementariedad conyugal humana comparecen el varón y la mujer, quienes, mediante su unión amorosa –como lo exige la dignidad personal de hijo– poseen el poder procreador de engendrar al hijo común. En este contexto, es importante destacar que es necesaria la presencia del padre para consolidar un hogar, no solo como proveedor, sino también con su participación activa en la crianza de los hijos y las responsabilidades domésticas.
La creciente incorporación de la mujer en el mercado laboral, al mismo tiempo que continúa cumpliendo sus funciones en el hogar, lleva al varón, al Estado y a la sociedad a saldar una deuda ancestral con la mujer, sostiene Pedro Juan Viladrich. En este sentido, entre las nuevas generaciones se habla de una “ética de la paternidad”, porque en la actualidad existe una mayor conciencia masculina al respecto y porque se visibiliza que el mejor escenario para el desarrollo funcional de los hijos se da con la participación de ambos progenitores en su crianza, si cada uno aporta lo suyo, desde lo masculino y femenino. No es una ayuda, es un deber.
La maternidad continúa siendo un desafío maravilloso y fascinante para mujeres valientes y creativas, dispuestas a amar incondicionalmente en una aventura sin precedentes, repleta de ternura, besos, abrazos, risas y llantos, donde madres e hijos aprenden mutuamente lo que verdaderamente significa el amor.
Con estas palabras, quiero rendir homenaje a todas las madres en su día. A veces las flores, chocolates y regalos intentan resumir lo que no se alcanza a decir con palabras. Que la gratitud y reconocimiento se transformen en presencias, escuchas y gestos amorosos que permanezcan siempre, ¡las madres lo merecen!