Opinión
Comunicador y gestor cultural, cofundador de Ciudad Librera
Son libros que yo nunca tuve. Y, sin embargo, no siento nostalgia. Siento alegría. Quizá la vida también trate de eso: de que cada generación tenga un poco más de mundo que la anterior. También en la cultura.
De niño, mi libro más querido fue una enciclopedia llamada Lo sé todo. La leí tantas veces que sus páginas terminaron gastadas, dobladas, marcadas por el uso.
Era un libro pesado, lleno de curiosidades y ventanas abiertas al mundo. Allí entendí algo que nunca olvidé: un libro puede ser una casa a la que uno vuelve muchas veces y siempre encuentra algo distinto.
En abril, cuando empezaban las clases, mi padre me llevaba a la feria de libros viejos de Amazonas. Íbamos a buscar los textos que no podíamos comprar nuevos. Entre montañas de libros usados, miles de peruanos hacían lo mismo: rebuscar conocimiento a un precio posible. Mis lecturas universitarias fueron, en su mayoría, libros viejos o libros piratas. Y no me avergüenzo de decirlo. Gracias a esos libros pude leer contemporáneos.
Durante años, en el Perú las librerías fueron pocas y los libros nuevos resultaban demasiado caros para la mayoría.
Recuerdo entrar a las librerías de Miraflores y mirar los libros recién publicados como un niño que observa la vitrina de una panadería sabiendo que no podrá pagar el pan más dulce.
Luego uno salía, caminaba al paradero y esperaba el microbús para regresar durante horas a su cono de Lima, con una pequeña frustración silenciosa en el alma.
Hoy, la vida tiene una ironía hermosa. Con mi esposa tenemos una librería. Vendemos libros nuevos y también libros viejos. Y cuando mi hijo, Aristóteles, crezca, lo llevaré a Amazonas como mi padre me llevó a mí. Iremos a saludar a los amigos libreros y a buscar libros entre los estantes improvisados de esa feria infinita. Pero esta vez no iremos a buscar lo único que se puede pagar, sino esos libros antiguos que tienen historia, olor a tiempo, y a veces anotaciones de lectores desconocidos.
En la actualidad, apenas una cuarta parte de los municipios del país cuenta con una biblioteca pública, y muchas de ellas sobreviven en condiciones precarias o abandonadas. Según el Registro Nacional de Municipalidades, entre el 2015 y el 2020 cerraron más de 400 bibliotecas públicas en el Perú. Cada biblioteca que se cierra es una puerta que se apaga.
Por eso abril, mes de las letras, no debería ser solo una celebración simbólica. Debería ser también un momento para discutir seriamente políticas públicas a favor del libro.
Así como el Estado transfiere recursos a los municipios para combatir la anemia, o como la ley exige destinar al menos el 1% del presupuesto municipal a discapacidad, también debería existir una política sostenida para el libro y las bibliotecas.
Mientras escribo estas líneas, mi hijo camina por la librería. Saca libros de los estantes, intenta ordenarlos, pasa sus manos pequeñas por las tapas como si fueran juguetes. Luego se distrae y corre hacia otro rincón donde mueve las piezas de ajedrez sin saber todavía sus reglas.
Lo miro y pienso: feliz mes de las letras, hijo. Y al mismo tiempo me pregunto cuántos niños en el Perú crecen sin libros. Y, peor aún: cuántos crecen sin que nadie les enseñe el amor por un libro.