Opinión
Periodista
Al rememorar el inicio de esta aventura, me visualizo con apenas cuatro o cinco años tendido sobre la inmensa cama de mis padres, empeñado en la tarea de descifrar la arquitectura de las palabras impresas.
Movido por la impaciencia infantil, me autoimpuse el ejercicio de dibujar en un cuaderno cada palabra y frase hallada en aquel texto legendario.
Esa ambición era alimentada por las lecciones en la “Escuelita de la señorita María”, una pequeña casa de barrio donde una veintena de niños recibíamos instrucción en primeras letras.
La directora era una mujer septuagenaria de cabello cano, rostro pálido marcado por arrugas rigurosas y una dolorosa ausencia de sonrisa.
A pesar de su descendencia de hijos, nietos y biznietos, la tradición le reservaba un título que todos repetíamos: “Señorita”.
Si bien la “Señorita María” me dio la técnica para leer, fue papá quien me introdujo en la deliciosa afición de devorar cuanto texto llegara a mis manos.
Mi padre, quien partió a los cien años conservando una memoria prodigiosa, completó su educación primaria en la década de 1930.
Aseguraba que uno de los libros de donde brotaron sus lecciones fue El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; y decía la verdad, pues era capaz de recitar muchos de los pasajes de la obra de Cervantes.
Aunque la escasez de recursos le impidió cursar la secundaria y concretar su sueño de ser ingeniero, esa formación incompleta germinó en él una necesidad urgente de proveer a sus hijos de conocimiento.
Así, junto al sustento diario para el hogar, siempre reservaba un “dinerito” sagrado para libros, convencido de que en ellos residía la verdadera herencia. Aún conservo los diez tomos de la Enciclopedia Cumbre, una suerte de Google impreso que papá compró para que encontráramos en sus páginas el universo entero, desde biografías e hitos históricos hasta la geografía más remota.
Aquellos volúmenes fueron el motor de nuestras tareas escolares y una brújula que nos acompañó, incluso, hasta la formación universitaria.
Eran, en esencia, el tesoro de una casa que entendía el saber cómo libertad.
Estamos por cerrar abril, un mes de convergencias sagradas.
El día 23 conmemoramos el Día del Libro, pero en mi calendario personal las fechas se entrelazan de otra forma.
Un 20 de abril de hace 104 años nació mi padre, el hombre que me legó el amor por las letras.
Fue también en abril cuando crucé el umbral de la “Escuelita de la Señorita María” para recibir las herramientas para descifrar el lenguaje escrito.
En la memoria de aquel niño que dibujaba letras en un cuaderno, y en la herencia de un padre que recitaba al Quijote, reside el recordatorio de que un libro no es solo papel y tinta, sino también el puente inquebrantable entre quienes somos y quienes soñamos ser.