Opinión
Directora del programa de Historia y Gestión Cultural. Universidad de Piura
Durante décadas, la cultura fue entendida en América Latina, principalmente, como un ámbito vinculado al patrimonio, las artes y la identidad nacional, pero muy pocas veces fue incorporada de manera estructural en las políticas económicas. Sin embargo, la evidencia internacional demuestra que aquella forma de entenderla no es suficiente. Actualmente, las economías avanzan hacia modelos donde la creatividad, la innovación y el capital humano generan valor económico, empleo calificado y nuevas oportunidades de inserción en los mercados globales.
Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y Desarrollo (Unctad), las economías creativas aportan hasta el 7,3% del PBI en distintos países y generan millones de empleos, especialmente en sectores relacionados con el conocimiento, la innovación y la producción de contenidos. El crecimiento sostenido de las exportaciones de servicios creativos confirma, además, que el valor económico ya no se concentra tan solo en la producción de bienes materiales, sino en la capacidad de transformar ideas, creatividad y conocimiento en bienes y servicios de alto valor agregado.
Se está dando, entonces, un cambio estructural en el funcionamiento de las economías globales. A diferencia de los modelos tradicionales basados en la explotación de recursos naturales o sectores primarios, las economías creativas impulsan el crecimiento económico a partir del talento humano, la innovación y el capital intelectual. Su aporte radica en su capacidad para diversificar la economía, disminuir la dependencia de actividades tradicionales y generar desarrollo territorial sostenibles.
Para los países latinoamericanos –y en particular para el Perú– este escenario representa una oportunidad estratégica que debería ser considerada en los planes de gobierno que ya comienzan a delinearse. La economía creativa no compite con los sectores tradicionales, los complementa, les aporta mayor valor, innovación y genera empleo digno, en especial para jóvenes profesionales y emprendedores.
En este contexto, vale la pena volver la mirada al patrimonio. Más allá de su conocido valor simbólico, este constituye una fuente permanente de contenidos, narrativas, experiencias e identidades que pueden convertirse en la base de industrias culturales y creativas sostenibles. Museos, rutas culturales, festivales, gastronomía tradicional, artesanía, producción audiovisual inspirada en las manifestaciones culturales demuestran que el patrimonio puede integrarse a las dinámicas económicas contemporáneas sin perder su sentido social, cultural y educativo.
Aprovechar este potencial exige superar la visión fragmentada que aún persiste en la gestión de la cultura. El desarrollo de las economías creativas requiere de políticas públicas integrales que articulen educación, formación de talento, financiamiento, innovación, infraestructura cultural y desarrollo territorial. La experiencia de los países que han apostado de manera sostenida por este sector demuestra que ello ha sido posible gracias a una visión de largo plazo, más allá de ciclos gubernamentales.
En un escenario electoral, este enfoque cobra especial relevancia. Incorporar la cultura y las economías creativas en los planes de gobierno debería ser una apuesta estratégica por un modelo de desarrollo basado en conocimiento, identidad y creatividad.
En un país diverso como el Perú, donde la cultura es uno de nuestros mayores capitales, ignorar este potencial significa desaprovechar una ventaja competitiva clave. Integrar la cultura en la agenda económica y política del país permitiría diversificar las estructuras productivas, generar empleo de calidad y fortalecer la identidad como recurso estratégico. Entonces, ¿seguiremos viendo la cultura como un gasto o, finalmente, la asumiremos como una inversión para el futuro?