Opinión
Director de Centro Familias 360
Hoy no deseo detenerme a debatir sobre la libertad física en nuestro país. Creo, con claridad, que sí existe; podemos expresar nuestras ideas, defender posiciones, disentir e incluso promover diversas causas políticas, sociales, religiosas o culturales. Nos guste o no, la pluralidad está presente y, en gran medida, ese es un reflejo de que gozamos de libertad externa.
Sin embargo, hay otra forma de libertad que se encuentra en riesgo y que no siempre reconocemos; esta es, la libertad emocional.
La libertad emocional no se mide en calles, fronteras o derechos constitucionales, sino en nuestra capacidad de manejar lo que sentimos, de vivir con autonomía afectiva y de no depender del otro para encontrar sentido a nuestra propia vida.
Cada vez más hombres y mujeres viven atrapados en relaciones donde el apego se transforma en cárcel. El miedo a la soledad, la necesidad de aprobación y la inseguridad personal generan dependencia emocional, y esta, con frecuencia, se convierte en antesala de la violencia.
Basta mirar a nuestro alrededor y las preocupantes cifras que refleja nuestra convulsionada sociedad peruana: de cada diez parejas, seis o siete atraviesan episodios de agresión verbal, psicológica o física; el 60% de nuestros adolescentes o jóvenes sufren de depresión o ansiedad (Centro Psicológico Salud Emocional).
En más del 90% de los feminicidios, las víctimas y los feminicidas son menores de 38 años; estas cifras y muchas más reflejan una clara dependencia emocional en nuestras relaciones que están dañando a nuestras familias y a nuestra sociedad.
La paradoja es evidente: somos libres físicamente, pero prisioneros emocionalmente. Miles de personas no logran ser dueñas de sus emociones, se ahogan en la ansiedad, la soledad o la depresión.
En lugar de vivir con autenticidad y en coherencia con sus valores, terminan cediendo al control externo, perdiendo la voz propia y el derecho a decidir desde la conciencia.
Tanto la libertad física como la emocional son esenciales. Una sin la otra nos deja incompletos. La primera nos permite movernos, actuar, participar; la segunda nos da la fuerza interna para decidir, crecer y construir relaciones sanas, sobre todo, en nuestro hogar.