Opinión
Periodista y Magíster en Gestión Pública
El Registro Nacional Científico, Tecnológico y de Innovación Tecnológica (Renacyt) del Concytec invita al optimismo. A la fecha existen 13,486 investigadores reconocidos por el Estado, aunque persiste la brecha de género (65.5% hombres, 34.5% mujeres).
Pero al mirar de cerca, la realidad es menos alentadora. El Renacyt se organiza en siete niveles, más el de Investigador Distinguido. Si sumamos el primer nivel, el segundo nivel y el distinguido –donde se ubican quienes muestran una producción particularmente sólida y constante–, el número apenas llega a 1,096 personas (8.1%).
En los niveles VI y VII se concentra el gran bolsón (62.7%). Allí están quienes recién empiezan a indagar, pero también quienes –seamos francos– buscan acceder a los incentivos que universidades públicas y privadas ofrecen para captar docentes-investigadores.
Una señal esperanzadora es que el Renacyt permite el ingreso de estudiantes e investigadores sin grado, si acreditan producción verificable (artículos, patentes u otros resultados). En conjunto, abarcan 3.5% del total. Hay una cantera con potencial; el desafío es no dejarla a la deriva.
Otro dato relevante: 6,785 personas (50.7%) tienen doctorado y 4,465 (33.37%), grado de magíster. Sin embargo, esta cifra también puede ser un espejismo. Los ortodoxos sostienen que “científico” es quien cuenta con un PhD orientado a la investigación original; los heterodoxos replican que se puede producir conocimiento valioso desde distintos niveles –incluso desde el pregrado–si hay método, ética, acompañamiento y condiciones.
Ambos coinciden en que necesitamos un ejército de científicos e ingenieros para estar a la altura de países desarrollados. Pero estamos frente a una paradoja: el registro crece, pero la élite científica –la que publica, innova y empuja fronteras– sigue siendo pequeña.
Por eso, el debate clave no es solo cuántos investigadores tenemos, sino cuántos formamos y sostenemos para enfrentar desafíos nacionales –salud, educación, productividad, clima, seguridad, energía– con conocimiento original y transferible. Una economía competitiva se construye cuando el talento se convierte en soluciones. Y eso empieza por dejar de ver al Renacyt como un padrón de incentivos y pasar a mirarlo como un termómetro real de capacidades y una brújula de políticas públicas.