Opinión
Docente
Desde los tiempos precolombinos, Huancané fungió como un nudo estratégico en el Qullasuyu, conectando las regiones altas con los valles interandinos y la selva alta. Durante el incanato, fue paso obligado hacia Chuquiago (la actual La Paz, Bolivia), integrándose en el vasto sistema vial del Qhapaq Ñan. Sin embargo, su verdadera forja identitaria se consolidó durante el Virreinato y la República, periodos en los que sus habitantes protagonizaron algunas de las gestas más heroicas contra la opresión feudal y el gamonalismo, marcando hitos en la historia social del Perú.
Huancané, situada a 3,890 metros sobre el nivel del mar en la meseta del Collao, a orillas del Lago Titicaca, es mucho más que un punto en el mapa del altiplano. Es un bastión de la identidad aimara, tierra de los antiguos “kollas”, donde la resistencia cultural y la preservación de tradiciones milenarias han sido una constante histórica. Huancané ha sido cuna de una cosmovisión única, marcada por la relación sagrada con la tierra, el agua y los apus tutelares. Su geografía austera y majestuosa ha forjado el carácter resiliente de sus habitantes, guardianes de una lengua y unas costumbres que se remontan a tiempos preincaicos, herederos directos de la gran civilización Tiahuanaco y de los señoríos aimaras.
Huancané no es solo pasado; es un presente vibrante de intelectuales, artistas y comunidades que continúan escribiendo la historia. Este artículo busca ser un pilar más en la construcción de esa memoria colectiva, para que las futuras generaciones conozcan el precio de su libertad y el valor de su herencia.
Así, podemos hablar del tradicional T´ant´a poncho. Las autoridades de los pueblos originarios, hoy denominados tenientes gobernadores, acompañados de sus comisarios, quienes sustituyeron a los antiguos Mallkus, Jilaqatas, alcaldes y Sullcas, acudían al pueblo al concluir el ejercicio de su cargo, seguidos por un numeroso séquito. El recorrido era animado por una banda de phusiris de pinquillos y wancaras que daba alegría y solemnidad al cortejo. Los entrantes llegaban acompañados de familiares, compadres y allegados, hasta que ambos grupos se encontraban en el despacho subprefectural.
En este espacio visitaban a la primera autoridad política, quien hacía entrega formal de los títulos de teniente gobernador y comisario. Luego de recibir los llamados “derechos” e intercambiar obsequios rituales, se dirigían al templo para asistir a misa. Concluido el acto religioso, tanto entrantes como salientes, como si conformaran una sola familia, avanzaban danzando hacia sus utarayas, donde se realizaba la ceremonia del cambio de mando.
El rito incluía la t’inka y el intercambio de varas y fuetes, símbolos de autoridad, momento cargado de emotividad en el que se ofrecían abrazos y parabienes. A continuación, se compartía el qoqo de fiesta, aún caliente y humeante, preparado especialmente con chuño sancochado, papas, carne o queso, acompañado de ají molido o jallpa wayka, reafirmando los lazos de reciprocidad comunitaria.
Finalizada la ceremonia, el teniente entrante o machaq y el teniente saliente o misturi salían tomados de la mano, caminando juntos hasta llegar a sus respectivas viviendas, gesto que simbolizaba la continuidad y armonía del poder comunal.
Alrededor de Huancané existen numerosas comunidades campesinas y estancias, y con ocasión del Año Nuevo el pueblo se llena de danzantes multicolores y músicos provenientes de distintos lugares. La policromía de los trajes, tanto de varones como de mujeres, transforma al pequeño y silencioso poblado en un espacio vibrante, donde la antigua música aimara y su alegría cósmica resucitan los sueños y el encanto de sus habitantes.
Muchas de estas costumbres estaban extendidas en las comunidades campesinas de los distintos distritos, aunque con variantes locales. En Moho, por ejemplo, el saliente obsequiaba al entrante un poncho nuevo adornado con pan y cebolla, como símbolo de prosperidad y buenos augurios. De manera especial, es tradicional el uso del T´ant´a Poncho, un poncho nuevo ofrecido al teniente saliente y adornado con panes de diversos tamaños y formas, además de frutas y otros comestibles. Así, al compás de las tarkas y los pinquillos, la celebración se prolongaba durante todo el día, reafirmando la identidad y la cohesión cultural de la comunidad.