• JUEVES 5
  • de marzo de 2026

Derecho

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DERECHO

Suplemento legal Jurídica: Agua Dulce: cuando la falta de civismo tiene consecuencias

Responsabilidad en lo público


Editor
Manuel Madrid Tataje

Abogado en Derecho Urbanístico y Municipal


El reciente cierre temporal de la playa Agua Dulce, dispuesto por la municipalidad de Chorrillos, no debería analizarse únicamente como una decisión administrativa.

Reducirlo a un episodio coyuntural sería ignorar lo esencial. Lo ocurrido expone algo más profundo y, por ello mismo, más inquietante: el progresivo deterioro de nuestra relación con el espacio público.

Agua Dulce no es una playa cualquiera. Para generaciones enteras de limeños ha sido sinónimo de verano, descanso, memoria familiar y tradición popular. Es uno de esos lugares donde la ciudad se encuentra consigo misma: jóvenes, familias, trabajadores, comerciantes, turistas. Allí conviven realidades diversas bajo una premisa básica que muchas veces olvidamos: la playa es de todos.

Sin embargo, basta observar lo ocurrido durante los últimos fines de semana para advertir que algo no está funcionando. Toneladas de residuos sólidos acumulados, botellas plásticas dispersas en la arena, envases abandonados, desperdicios que inevitablemente terminan en el mar. La escena, repetida y ampliamente documentada, resulta difícil de justificar.

El problema no es únicamente estético. No se trata solo de una cuestión de apariencia urbana. La basura en las playas compromete la salud pública, afecta la biodiversidad marina, genera costos adicionales de limpieza y, sobre todo, refleja una preocupante falta de conciencia colectiva.

Aquí es donde la discusión adquiere mayor relevancia.
El espacio público, en términos jurídicos, pertenece al Estado. En términos prácticos, pertenece a la ciudadanía. Parques, plazas, veredas, playas, malecones: son escenarios donde se materializa la vida urbana compartida. No son simples infraestructuras físicas, son expresiones tangibles de convivencia social.

Usar un espacio público no equivale a ocuparlo sin límites. Implica comprender que el derecho de uno coexiste con el derecho de los demás. Implica aceptar que disfrutar de un lugar conlleva también la responsabilidad de preservarlo.

El cierre temporal de Agua Dulce ha generado debate. Algunos la consideran una medida necesaria frente a la magnitud del problema. Otros lo perciben como una respuesta desproporcionada. Ambas posiciones presentan argumentos atendibles.
Pero más allá de la discusión normativa existe una pregunta inevitable: ¿por qué se vuelve necesario cerrar un espacio que debería cuidarse de manera natural?

La respuesta, aunque incómoda, apunta a una cuestión cultural.

Durante décadas desarrollamos una relación ambigua con lo público. Con frecuencia exigimos limpieza eficiente, infraestructura adecuada, mantenimiento constante –demandas plenamente legítimas– pero simultáneamente normalizamos conductas que deterioran aquello que reclamamos proteger.

La lógica implícita parece ser: “como es público, alguien más lo limpiará”.
Esta idea, profundamente arraigada, resulta problemática. No solo porque traslada toda la carga al Estado, sino porque erosiona la noción de corresponsabilidad ciudadana. Un espacio público limpio no es únicamente resultado del trabajo municipal; es consecuencia directa del comportamiento de sus usuarios. La basura no aparece espontáneamente en la arena.

Cada botella abandonada tiene un autor. Cada envase arrojado al suelo responde a una decisión individual. Cada residuo dejado atrás es, en esencia, una manifestación de indiferencia. Y la indiferencia, cuando se vuelve colectiva, produce deterioro.

Cuidar el espacio público no es un gesto menor. Es una práctica cívica fundamental. Representa una forma concreta de respeto hacia la comunidad, hacia la ciudad y hacia quienes comparten el mismo entorno. También representa, en un plano más simbólico, una expresión de identidad.

Una ciudad no se define únicamente por sus edificaciones o grandes proyectos. Se define, en buena medida, por la forma en que sus ciudadanos tratan aquello que comparten. Las playas, en particular, poseen una dimensión especial. Son espacios de encuentro y recreación, pero también ecosistemas frágiles que requieren cuidado constante. El impacto ambiental derivado de prácticas irresponsables no es menor ni transitorio.

En este contexto, el caso de Agua Dulce debería asumirse como una oportunidad de reflexión. La solución difícilmente pasa por clausuras recurrentes o restricciones permanentes. Tampoco por discursos moralizantes. La transformación requiere algo más complejo: modificar hábitos, fortalecer conciencia, reconstruir la relación entre ciudadanía y espacio público.

Ello implica educación, campañas sostenidas, infraestructura adecuada y sistemas eficientes de gestión de residuos. Pero implica también algo menos visible y más determinante: voluntad individual. Pequeñas decisiones cotidianas generan efectos acumulativos.

Recoger los propios residuos. Utilizar los tachos  disponibles. Evitar arrojar desperdicios en la arena. Transmitir estas prácticas a niños y jóvenes. Entender que el espacio público no es un territorio ajeno, sino una extensión de la vida colectiva.
No se trata de heroísmos urbanos. Se trata de civismo básico.

Defender el espacio público no significa solo reclamar acceso. Significa contribuir activamente a su preservación. Significa comprender que el derecho al disfrute está inseparablemente ligado al deber de cuidado.

Porque cuando lo público deja de sentirse nuestro, comienza inevitablemente su deterioro. Y cuando el deterioro se normaliza, la pérdida ya no es únicamente material, sino cultural.

Agua Dulce, como tantas otras playas, parques y plazas de nuestras ciudades, no necesita cierres excepcionales. Necesita ciudadanía consciente. Necesita que volvamos a recordar una idea sencilla, pero esencial: lo que es de todos también es responsabilidad de cada uno.