Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Para que exista un sistema de estancos y grupos humanos diferenciados por etnias, género, creencias, se inventaron narrativas que configuraron un orden y una jerarquización en la que unos sectores en particular, obtenían los mayores beneficios de esa fabricación teórica. Una de esas crueles perspectivas sostiene que hay individuos inferiores a otros solo por seudorazones raciales o por ser mujer. Aunque a lo largo de la historia ha habido muchas batallas para eliminar esas etiquetas conceptuales atroces, aún el camino es duro y los prejuicios todavía influyen en las tomas de decisiones. A veces esas parcialidades son explícitas; otras son muros invisibles que definen futuros. También han sido tejidos implícitamente en la cotidianeidad a tal punto que, por muchos siglos, se asumió que esas parcialidades eran lo normal.
Un modelo injusto y discriminador despliega una serie de prácticas que trazan las coordenadas de creencias y mediatizan la vida de forma unilateral, lo cual desequilibra la convivencia. Por eso, casi siempre se impedía el acceso de las mujeres a la educación y, por supuesto, a profesiones ligadas a lo científico. En el caso peruano, se tuvo que esperar hasta finales del siglo XIX para que la extraordinaria científica Margarita Práxedes Muñoz (1848-1909) se graduara de bachiller en ciencias en la Universidad de San Marcos. Su biografía es un ejemplo tanto de la dureza de las condiciones para las mujeres peruanas que decidían seguir estudios científicos como un rotundo signo de resiliencia y valentía singular. La obra de Práxedes es una constante búsqueda de respuestas y una aventura intelectual asombrosa.
Por eso, desde el 2015, la ONU establece que cada 11 de febrero se conmemora el aún complicado camino de las mujeres y las niñas en el tenaz universo de las ciencias, cuyo fundamento es justamente cuestionar propuestas que no tienen evidencias y suelen ser meros caprichos o pretextos autoritarios. La ciencia es el derrotero más adecuado de deshacer conceptos erróneos, es un instrumento esencial para enfrentarse a las intolerancias y detener a los dogmas fanáticos. La travesía científica es liberadora y destructora de estereotipos.
En consecuencia, el camino de una ciencia para todas es un desafío para las organizaciones educativas y, definitivamente, para aquellos que toman decisiones e inciden en el desarrollo del país.