Opinión

Magister en gestión social
Sin embargo, detrás de esa narrativa de crisis, existe una fuerza laboral que no se limita a marcar tarjeta. Son profesionales que, ante la escasez, activan la creatividad; que en lugar de rendirse por la falta de herramientas, diseñan soluciones. El problema estructural es que, a menudo, lo que no se comunica, no existe.
Recientemente, fuimos testigos de un hito que rompe paradigmas. En la última edición de Creatividad Empresarial, el Banco de la Nación (BN) no solo participó, sino que se alzó con cinco estatuillas, incluyendo el máximo galardón: el Gran Premio.
La UPC otorga esta distinción únicamente a quienes demuestran innovación con impacto real y medible. El BN fue premiado por lograr lo que parecía imposible: alcanzar una cobertura casi total del territorio nacional, democratizando los servicios financieros para que el ciudadano de la zona más remota sienta que el Estado está presente.
Este logro no es fruto de una campaña de marketing aislada. Es el resultado de un proceso sostenido por trabajadores que decidieron dar la “milla extra”. Pero la clave del éxito fue la decisión estratégica de visibilizar ese esfuerzo. No bastó con hacer el trabajo; fue necesario ordenar la casa, sistematizar la información y presentarla al mundo con orgullo. Ese ejercicio de gestión fue el gatillador del reconocimiento.
¿Por qué es vital visibilizar estos logros? Por dos razones que impactan directamente en la gobernabilidad:
Hacia el ciudadano (legitimidad): necesitamos reconstruir la confianza. Mostrar que los recursos públicos se gestionan con ingenio y que existen instituciones del Estado capaces de competir en innovación al más alto nivel.
Hacia el colaborador (cultura): el reconocimiento es el combustible de la motivación. En un entorno donde se presume lo negativo, premiar la excelencia es un acto de justicia. Saber que el esfuerzo por llegar al caserío más alejado es valorado impulsa a todo el aparato estatal a salir de la zona de confort.
No se trata de vanidad institucional; se trata de gestión del talento y reputación. El trabajo de excelencia ya existía, solo faltaba la estrategia para ponerlo en valor. Debemos crear una cultura en la que el mérito tenga eco, recordándonos que el capital más valioso del país es su gente.
La alta dirección de las instituciones públicas tiene un reto impostergable: encontrar formas creativas y profesionales de narrar estos esfuerzos. Al visibilizar estos hitos, no solo informamos; transformamos la cultura organizacional y sanamos el vínculo con el país.
Creer que los trabajadores públicos están dispuestos a innovar no es idealismo, es una realidad que solo necesita ser contada con la estrategia adecuada. Cuando logramos que la excelencia pública sea visible, el cambio deja de ser una promesa y se convierte en evidencia.