• JUEVES 5
  • de marzo de 2026

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Suplemento legal Jurídica: La ciudad como bien común redefine derechos y deberes

Lima a 491 años de su fundación


Editor
Manuel Madrid Tataje

Abogado de derecho urbanístico y municipal. miembro del Instituto Peruano de Derecho Urbanístico-IPDU


Lima cumplió 491 años. Casi cinco siglos desde su fundación, una cifra que impresiona y que, a veces, parece pesada. Pocas ciudades en América Latina cargan con una historia tan extensa, tan compleja y tan contradictoria. Lima ha sido capital virreinal, ciudad republicana, metrópoli desbordada, espacio de acogida, escenario de desigualdades, refugio y oportunidad. Y, aun así, continúa siendo una ciudad en construcción.

Celebrar un aniversario no debería ser solo un ejercicio de memoria ni una evocación nostálgica del pasado. Debería ser, sobre todo, una oportunidad para preguntarnos qué ciudad somos hoy y qué ciudad queremos ser mañana. Porque Lima, a pesar de su antigüedad, no es una ciudad acabada. Es una ciudad que se transforma todos los días, que se reinventa –a veces de manera ordenada, muchas veces de forma caótica–, pero que nunca ha dejado de cambiar.

A pocos años de su quinto centenario, conviene recordar algo elemental: las ciudades no se conservan por inercia, se gobiernan. Se gobiernan cuando se planifican con horizonte, cuando se ejecutan decisiones con continuidad y cuando se protege lo que es de todos. Lima ha tenido momentos de lucidez urbana y también largos períodos de improvisación. Entre ambos extremos, la vida cotidiana ha seguido su curso: la gente trabaja, estudia, emprende, cuida, se moviliza, y en ese esfuerzo diario la ciudad se hace con lo que tiene y con lo que le falta.

Durante décadas hemos hablado de Lima como una ciudad “difícil”, “inmanejable”, “ingobernable”. La hemos descrito desde la carencia: falta de espacios públicos, déficit de áreas verdes, transporte precario, crecimiento informal, fragmentación territorial. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que Lima es una ciudad extraordinariamente resiliente, creativa y viva. Una ciudad que ha sabido absorber millones de historias personales y convertirlas, con esfuerzo y sacrificio, en una identidad compartida.

Esa resiliencia, sin embargo, no debería usarse como excusa para tolerar lo intolerable. Resistir no es lo mismo que vivir bien. La ciudad que se habitúa a la precariedad termina normalizando el riesgo, la desigualdad y la pérdida de tiempo de vida. El aniversario, por eso, es una ocasión para cambiar el relato: no para negar los problemas, sino para afirmar que pueden resolverse si la acción pública y la energía ciudadana se alinean en una misma dirección.

Lima no es una ciudad homogénea ni uniforme. Es una suma de realidades que conviven, no siempre en armonía, pero sí en permanente interacción. Distritos consolidados y barrios emergentes, centros históricos y periferias jóvenes, patrimonio y modernidad, tradición y cambio. Esa diversidad no es una debilidad: es una de sus mayores fortalezas. El reto está en convertir esa diversidad en cohesión urbana, en oportunidades compartidas y en calidad de vida para todos, sin excepciones ni periferias condenadas.

Uno de los grandes desafíos de Lima continúa siendo el espacio público. En muchos sectores de la ciudad, el espacio común ha sido relegado, reducido o tratado como residual. Calles pensadas solo para el tránsito vehicular, parques escasos o mal equipados, plazas sin vida. Sin embargo, el espacio público es mucho más que un lugar de paso: es el escenario donde se construye ciudadanía, donde se genera identidad, donde se aprende a convivir.

Una ciudad que no cuida su espacio público es una ciudad que renuncia a encontrarse consigo misma. Lima tiene el potencial de recuperar sus calles, sus plazas, sus parques, sus malecones, sus riberas. Tiene un clima que invita a estar afuera, a caminar, a conversar, a ocupar la ciudad. Pero recuperar el espacio público exige reglas claras, mantenimiento constante y un estándar mínimo de calidad: iluminación, veredas continuas, sombra, accesibilidad, seguridad, limpieza. Lo común debe dejar de ser lo último en la lista y convertirse en una prioridad urbana.

La movilidad es otro punto clave. Durante años, Lima ha organizado su crecimiento en torno al automóvil privado, generando congestión, contaminación y enormes pérdidas de tiempo y productividad. Pero la movilidad no es solo un problema de transporte: es un asunto de equidad urbana. Quien pasa cuatro horas diarias en un ómnibus no solo pierde tiempo, pierde calidad de vida, oportunidades y bienestar.

Apostar por una movilidad sostenible –peatonal, ciclista, pública– es apostar por una ciudad más justa. Significa reconocer que el derecho a la ciudad empieza por el derecho a moverse de manera segura, eficiente y digna. Lima ha dado pasos importantes, pero todavía insuficientes. El reto no es solo construir infraestructura, sino ordenar la operación, integrar sistemas, priorizar al peatón y reducir la violencia vial. La calle no puede seguir siendo un espacio hostil para quien camina.

A sus 491 años, Lima también necesita reconciliarse con su territorio. Durante mucho tiempo hemos vivido de espaldas a nuestros ríos, a nuestro mar, a nuestras lomas y quebradas. Hemos visto la geografía como un límite, cuando en realidad es una oportunidad. El río Rímac puede volver a ser un eje articulador de vida urbana; el litoral, un espacio de encuentro cotidiano; las lomas, pulmones verdes y espacios de recreación metropolitana.

La relación entre ciudad y naturaleza no puede seguir siendo marginal. En un contexto de cambio climático, escasez hídrica y riesgos naturales, integrar los ecosistemas al proyecto urbano es una necesidad estratégica. La gestión del agua, la recuperación de quebradas y la protección de áreas frágiles deben ser parte del urbanismo cotidiano. Una ciudad que no se prepara para el futuro termina pagando, tarde o temprano, con emergencias evitables.

La vivienda, por su parte, sigue siendo una deuda estructural. Lima ha crecido, pero muchas veces sin calidad urbana. Barrios alejados de servicios, equipamientos insuficientes, viviendas sin acceso adecuado a transporte o espacios públicos. El desafío no es solo construir más, sino construir mejor: densificar con criterio, mezclar usos, acercar vivienda, trabajo y servicios, crear barrios completos y habitables, donde la escuela, el mercado y el parque no sean un privilegio.

Pero ninguna transformación urbana será sostenible sin instituciones sólidas. Lima necesita una gobernanza metropolitana efectiva, capaz de coordinar, planificar y ejecutar políticas de largo plazo. La fragmentación administrativa ha sido uno de los grandes obstáculos para el desarrollo urbano. Pensar la ciudad como un todo, más allá de límites distritales, es una tarea impostergable.

La planificación urbana no puede seguir siendo un ejercicio formal que se archiva. Debe convertirse en una herramienta viva, evaluable y cumplible. Los planes deben dialogar con la realidad, actualizarse y, sobre todo, ejecutarse. La ciudad no se transforma con diagnósticos, sino con decisiones. Y esas decisiones requieren presupuesto, equipos técnicos, transparencia, rendición de cuentas y continuidad más allá del ciclo electoral.

Sin embargo, más allá de la infraestructura, las normas o los planes, hay una dimensión fundamental que no siempre abordamos: la relación emocional que tenemos con Lima. Durante años hemos normalizado el malestar urbano, la resignación, la idea de que la ciudad “es así”. Pero una ciudad también se construye desde el afecto, desde la apropiación y desde el disfrute.

Disfrutar Lima no es un acto superficial ni frívolo. Es una forma de ejercer ciudadanía. Caminarla, conocerla, ocupar sus espacios, vivir su cultura, reconocer su diversidad gastronómica, artística y social. Una ciudad que se disfruta es una ciudad que se cuida. Y una ciudad que se cuida tiene más posibilidades de transformarse. El disfrute, además, es una señal de igualdad: cuando la ciudad se vuelve amable, lo es para todos.

Lima es, además, una ciudad abierta. Lo ha sido siempre. Ha acogido migraciones internas, externas, historias distintas que hoy conforman su identidad. Esa apertura es una riqueza que debemos preservar. Pero ser una ciudad abierta no significa renunciar al sentido de pertenencia. Al contrario: implica reconocer que esta ciudad es nuestra, de quienes la habitamos hoy, y que, por lo tanto, merecemos vivirla plenamente.

Reconocer Lima como nuestra ciudad implica asumir responsabilidades: cuidarla, exigir mejores decisiones, participar en su transformación. Implica entender que el espacio público no es de nadie y es de todos; que la ciudad no se hereda intacta, sino que se construye y se mejora para quienes vendrán después. Esa responsabilidad también pasa por gestos cotidianos: respetar al peatón, no invadir veredas, cuidar el barrio, denunciar el desorden, participar en procesos vecinales y valorar lo común.

A pocos años de cumplir cinco siglos, Lima no necesita reinventarse desde cero. Necesita reconectarse con lo mejor de sí misma y proyectarlo hacia el futuro. Necesita confianza en sus capacidades, en su gente, en su potencial urbano. Necesita pasar del discurso a la acción, del diagnóstico a la ejecución, de la resignación a la ambición.
Lima no es una ciudad terminada. Y eso, lejos de ser una debilidad, es su mayor oportunidad. Porque mientras una ciudad esté viva, siempre puede cambiar. Siempre puede corregir rumbos, recuperar espacios, mejorar condiciones y ofrecer una vida más digna a quienes la habitan. La reconversión urbana no ocurre de un día para otro, pero sí empieza cuando se define un rumbo compartido.

Ese rumbo incluye cultura y patrimonio como parte de la vida diaria: centros históricos habitados, barrios con identidad, comercio local, bibliotecas y deporte. Una ciudad que celebra su memoria debe, a la vez, abrir espacio para el futuro común.

En su aniversario 491, Lima no debería preguntarse cuántos años tiene, sino cuántas oportunidades está dispuesta a aprovechar. Porque esta ciudad, con toda su historia y complejidad, todavía puede ser un mejor lugar para vivir, para encontrarnos y para disfrutarla. Hoy y para quienes algún día llegarán a ella. Para lograrlo, el Estado debe liderar con planificación y ejecución; y la ciudadanía debe hacerlo con participación, cuidado y exigencia. Solo así Lima podrá volver a empezar, esta vez, con todos dentro.