• JUEVES 5
  • de marzo de 2026

Opinión

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Reflexiones

Día Internacional de la Educación


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario


Sin embargo, la situación es grave. Muchos de niños y jóvenes están excluidos cada año del ecosistema educativo. Y, salvo excepciones, la mayoría que logra incorporarse al sistema tiene que hacer esfuerzos enormes y constantes para recibir una educación de calidad.

Justamente, para eso son las fechas celebratorias, para revisar la situación real y no imaginaria de la educación. Además de reducirse cada vez más el acceso ante la contracción o lento crecimiento de la educación pública, la opción privada, incluso en sus variantes más módicas, es constantemente un desafío financiero para cientos de familias. Ante la imposibilidad de un soporte económico permanente, la educación se convierte en un anhelo amargo, en algo dolorosamente inalcanzable. Eso genera que miles de chicos talentosos se vean imposibilitados de alcanzar una formación adecuada y, ante esa pérdida masiva de entrenamiento de capacidades, de enseñanza cívica, de desarrollo de vínculos grupales y asociaciones interdisciplinarias, pierde toda la nación. Se extravía el porvenir y se condena a un descenso del desarrollo del país. Cuánta innovación y creatividad y crecimiento de valor se desaprovecha porque no hemos sido capaces de garantizar un sistema educativo para todos.

Por eso, permitir el declive social por desamparar la educación, es una acción irresponsable, negligente e insensata en su máxima expresión. Es antiestratégico para un país abandonar lo educativo ya que termina desdeñando su destino. Por eso, quienes consideran que la educación es una carga, un exceso, un despropósito, son enemigos de aquello que nos hace humanos.

En medio de esa debacle que se expande indeteniblemente están quienes mantienen una ética impresionante al consagrarse a la educación con tal compromiso que la situación es conmovedora. En circunstancias tan adversas en la que todo parece perdido y la fe por el futuro se diluye, hay aún personas que resguardan bondadosamente las posibilidades de que nuestra población reciba lo que merece. Y el Perú amerita y requiere persistir en sus propias posibilidades, en perseverar en que es factible que los tiempos venideros sean mejores, en que sobreviviremos sanamente como comunidad.

Para que ello suceda, es ahora mismo cuando debe apostarse todo a la educación. Todo. No hay plan B. No hay opción. Con ello, tal vez tengamos una oportunidad.