Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
A la vez, cruzas la cosmópolis y es un fresco completo de cómo la humanidad alcanza niveles de resiliencia y, con asombro urbano, un dinámico y enriquecedor conglomerado de poblaciones migrantes que intercambian recursos y aprendizajes.
También, esta histórica ciudad nos genera un toque de orgullo y, lamentablemente, cada vez más un creciente miedo al punto de convertirse en pánico generalizado.
Esa ambivalencia de emociones es lo que suele provocarnos nuestra antigua ciudad tan socialmente asimétrica. Y, claro, anhelamos otro mundo posible, otra oportunidad para que los peruanos e inmigrantes adquieran vínculos sólidos y respetuosos.
No se nace limeño, se va haciendo. Nadie puede arrogarse de la limeñeidad pura, ahistórica, inmovilizada, como si fuera un tiempo detenido y nada hubiera cambiado. Cada cierto momento se reelabora la categoría de lo limeño.
Esta ciudad pertenece a los múltiples flujos migratorios que durante siglos la han alimentado constantemente.
A las contrapuestas zonas físicas de este lugar que moramos les corresponde ser un verdadero hábitat, un área vital, impulsadora de coexistencias saludables.
Es decir, se requiere de un espacio sano para habitarlo, no solo con presunción arquitectónica o gastronómica, sino que nuestros vínculos entre limeños sean cooperativos, solidarios, enriquecedores. Un lugar para todos, donde la sobrevivencia no sea el único modo de la cotidianeidad.
Necesitamos que sea un ecosistema de lenguas andinas, amazónicas, europeas, asiáticas, acentos latinoamericanos, que fluyan con la naturalidad de su cosmovisión e imaginación.
Quisiéramos un hogar enorme donde cada uno de los que vivimos aquí seamos ciudadanos revitalizados y, de esa manera, honremos el valor de su historia y la amable proyección espacial del sitio que nos acoge.
También Lima es una ciudad mental, un programa de residencia diaria que, aunque incorpora factores de explicación de sus orígenes históricos fundacionales, como esta fecha de su bautizo español, no debe detenerse allí.
El pasado tiene que ser un trampolín, una plataforma movilizadora.
Por ello hay que darle soporte metódico suficientemente relevante para que se estudie, con rigor sostenible, desde las diferentes disciplinas científicas y, con ese enfoque metódico y racional, nos ayuden a comprender los sucesos, su evolución urbana y estimar los cambios inminentes.
El futuro no debe ser meramente declarativo, un gesto lírico, sino un plan de acción e inversión.
El porvenir requiere un orden, una estrategia de uso de recursos, un propósito incansable de transformación para mejor.