Cultural

Periodista
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Cuarta generación de la familia Montero que incursionó en el millonario negocio de los ferrocarriles en Tarapacá en el siglo XIX, Ingunza define su libro como una novela histórica con toques de ficción necesarios para reforzar el realismo de una saga que cierra con una frase lacónica: “El dinero, como las olas, va y viene…”.
Con un mapa de las zonas limítrofes entre Perú, Bolivia y Chile antes de la Guerra del Pacífico, El tren de la codicia comienza con dos textos introductorios: uno sobre la relevancia de la actividad salitrera y de los ferrocarriles cuya concesión estaba en manos de los hermanos Montero Elguera, y, otro, sobre el perfil de los empresarios peruanos del siglo XIX.
El ferrocarril –comenta Ingunza, reflexionando sobre la evolución de su familia– fue, al mismo tiempo, símbolo de progreso y detonante de ambiciones desmedidas, una condición que se hace patológica cuando se está dispuesto a cruzar cualquier límite con tal de obtener más.
?En ese contexto, la autora no idealiza al empresario del siglo XIX. Reconoce el esfuerzo y la capacidad de riesgo, pero también expone las prácticas corruptas que acompañaron muchos proyectos. La corrupción existe desde que el hombre es hombre, sostiene.
Bajo la lupa de Ingunza, personajes como los extranjeros Henry Meiggs y John Thomas North impulsaron obras de infraestructura decisivas, pero también apelaron a “otras cartas” bajo la mesa. Meiggs –dice– tenía la costumbre de regalar libros y, entre hoja y hoja, ponía algunos billetitos.
Memoria colectiva
Conocer la historia es una forma de control social. La historia es la memoria colectiva –opina–, “si no tuviésemos memoria, no podríamos rectificar nuestros errores” como nación.
Con esa convicción, se decidió a escribir una novela y no un ensayo. “Una historia novelada tiene mucho más enganche que un texto académico”, considera. Y esa cercanía con el lector resulta valiosa en un país donde la lectura es escasa.
Lejos de buscar reivindicaciones materiales, la autora insiste en que su motivación para escribir este libro fue rescatar una lección. Los Montero Elguera lo tuvieron todo y, siglo y medio más tarde, de aquella fortuna queda apenas un antiguo bono por tres millones de libras esterlinas enmarcado en madera con vidrio. Para Elizabeth Ingunza, el legado de los Montero Elguera no se mide por los ceros a la derecha. “Últimamente se escuchó a un señor que decía ‘No saben con quién están chocando’ o algo así. Esas son tonterías”.
Reflexiones
Más allá del impacto económico por la pérdida de los ferrocarriles, Ingunza rescata la dimensión humana de esa derrota. La caída de los Montero no solo significó la pérdida de bienes, sino una transformación personal profunda en su bisabuelo, quien pasó de priorizar el dinero a valorar la familia como su mayor legado. Esa herencia emocional es una de las lecciones centrales de la novela: “El dinero ayuda, pero no define el sentido de una vida”.