• JUEVES 5
  • de marzo de 2026

Opinión

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Reflexiones

La dictadura del algoritmo


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario


Sin embargo, hay restricciones pautadas por un explícito orden estructural. También somos resultado de condicionamientos de toda índole. Desde las morales hasta las jurídicas. En general, combinamos esas tramas invisibles que nos direccionan con la conjetura que nos vemos en el reino de la libertad. Es un antiguo debate filosófico sobre el libre albedrío y sus hipotéticas razones.

La transformación tecnológica acelerada y la naturalización de estar conectados en redes de información también han hecho de nosotros un código. En un enorme entramado de datos, los seres humanos somos una serie de números cuyo sentido existencial es direccionado ya por una operación estadística programada que es controlada por las megacompañías globales. Es decir, muchas de nuestras opciones no son tales. Una compleja red imperceptible de programación está definiendo nuestros gustos y nuestras más profundas decisiones están encaminadas a un plan mayor de estandarización y homogeneización de las preferencias e inclinaciones. Uno de los objetivos es obviamente comercial. Compra y venta imparable de las aficiones humanas definidas por un tejido gigantesco y global de algoritmos.

De ese modo, se ha ido transfiriendo a nuestras percepciones cotidianas y la manera de cómo medimos nuestros resultados, también de forma algorítmica. Le hacemos el juego a un enorme e insaciable armazón industrial que requiere el sometimiento de nuestras propias percepciones. Se alimenta de nosotros y, claro, nosotros, incluso con alegría desbordada, lo alimentamos. El mundo se ha convertido ya en un absoluto mercado digital. Lo saben todo de nosotros y es extremadamente difícil estar ocultos. La trazabilidad de parte de nuestras preferencias son el insumo para que se incremente y cada vez con mayor precisión la red de intercambio. La vida concebida como una feria universal y meramente transaccional.

Por eso, cuando estamos excesivamente atentos a la cantidad de likes posibles en una de nuestras redes y, desde eso, medimos el éxito, ya es un síntoma del nivel en el que estamos involucrados en ese mecanismo de intercambio algorítmico. No solo es ese hábito contemporáneo de ir subiendo a las plataformas constantemente registros, reales o fabricados, de una biografía triunfadora y próspera; sino aceptar ya que hemos sido absorbidos por el mercadeo de las emociones y los pensamientos. Puedes comprar el amor en una tienda digital, alquilar el afecto con ofertas imperdibles y hasta con descuento si lo adquieres en mayor cantidad. En ese juego de lo real y lo quimérico, de lo imaginario y lo existente, las fronteras entre ellas ya prácticamente han desaparecido.