• JUEVES 5
  • de marzo de 2026

Editorial

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Una agenda de futuro

“El Perú y Chile tienen hoy la oportunidad de construir una agenda común que trascienda gestiones y coyunturas. Hacerlo no solo es conveniente, sino también indispensable”.

Entre los puntos centrales de la agenda conjunta destacan dos desafíos urgentes: la criminalidad transnacional organizada y la migración ilegal. Ninguna de estas problemáticas puede ser afrontada de manera aislada. 

Las redes criminales operan sin reconocer fronteras, aprovechan vacíos de control y se mueven con una velocidad que desborda las capacidades de los Estados cuando actúan de forma fragmentada. Lo mismo ocurre con los flujos migratorios irregulares, que exigen políticas coordinadas, humanitarias y firmes a la vez, para evitar tanto la vulneración de derechos como la utilización de rutas inseguras que ponen en riesgo vidas.

En este contexto, la puesta en marcha de mecanismos de inteligencia compartida, patrullajes coordinados, intercambio de información en tiempo real y acciones conjuntas contra el tráfico de personas y el crimen organizado no es una opción: es una necesidad. 

El Perú y Chile ya cuentan con marcos institucionales que permiten esa cooperación; lo que se requiere ahora es voluntad política sostenida para convertir esos instrumentos en resultados medibles.

Pero la agenda de integración no se agota en la seguridad. También incluye desafíos estructurales: modernización fronteriza, facilitación comercial, infraestructura conjunta, corredores logísticos, energía y ciencia aplicada al desarrollo. 

La relación bilateral puede convertirse en un motor de crecimiento regional si se sostiene sobre pilares de confianza, diálogo y objetivos compartidos. Ambos países tienen economías complementarias, cadenas de valor interdependientes y ciudades fronterizas que funcionan como espacios naturales de integración. Aprovechar ese potencial es clave para generar bienestar tangible para sus poblaciones.

Por eso es fundamental dejar atrás los temas que históricamente dividieron a ambos países y que, aunque forman parte de la memoria colectiva, no deben condicionar la agenda del presente ni limitar las posibilidades del futuro. Resolver cualquier impasse mediante el diálogo, la diplomacia y los mecanismos institucionales es la mejor garantía para consolidar una relación madura y orientada al desarrollo.

La reunión entre Jerí y Kast es una señal alentadora de ese camino. En un mundo donde predominan la incertidumbre y la fragmentación, apostar por la cooperación es también una forma de fortalecer la soberanía y la posición internacional de ambos países. El Perú y Chile tienen hoy la oportunidad de construir una agenda común que trascienda gestiones y coyunturas. Hacerlo no solo es conveniente, sino también indispensable.

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