• JUEVES 5
  • de marzo de 2026

Editorial

FOTOGRAFIA

Preservar Machu Picchu

“Proteger Machu Picchu no es una tarea sectorial ni una consigna retórica. Es una responsabilidad colectiva y de largo plazo que exige planificación, coordinación y voluntad política.”

La reciente supervisión realizada por el Ministerio de Cultura pone en evidencia una realidad conocida, pero que requiere ser asumida con determinación: la protección de Machu Picchu demanda una gestión integral, técnicamente sustentada y sostenida en el tiempo. No basta con atender emergencias o responder a coyunturas críticas; es indispensable consolidar una hoja de ruta clara que articule conservación, uso turístico responsable y desarrollo local.

La experiencia internacional muestra que la protección de los sitios patrimoniales más frágiles depende de la calidad y coherencia de las decisiones cotidianas que orientan su gestión. En el caso de Machu Picchu, ello implica avanzar decididamente en la optimización de los circuitos de visita, el fortalecimiento de la señalización, el perfeccionamiento de los mecanismos de control de accesos y la consolidación de sistemas de venta de entradas eficientes. Abordar estos aspectos no solo mejora la experiencia del visitante, sino que también constituye una condición indispensable para preservar la integridad del monumento y asegurar su sostenibilidad en el largo plazo.

Garantizar la sostenibilidad del santuario implica asumir que el turismo no puede ser gestionado únicamente bajo criterios de demanda. El equilibrio entre conservación y acceso requiere límites claros, información adecuada, control efectivo y una coordinación permanente entre los sectores Cultura, Ambiente y Turismo. La gestión fragmentada no solo debilita la protección del sitio, sino que también incrementa los riesgos sobre un patrimonio que no puede ser reemplazado ni restaurado una vez dañado.

Asimismo, es fundamental reconocer el papel del personal técnico y de vigilancia que opera en la llaqta. Su trabajo, muchas veces silencioso, constituye la primera línea de defensa frente al deterioro y los riesgos asociados al uso intensivo del espacio. Fortalecer sus capacidades, condiciones laborales y respaldo institucional no es un gesto simbólico, sino una inversión directa en la preservación del legado cultural del país.

El contexto actual, marcado por el gobierno de transición, ofrece una oportunidad que no debería desaprovecharse: dejar bases sólidas para una gestión sostenible de Machu Picchu, más allá de los cambios políticos. Las decisiones que se adopten hoy tendrán efectos importantes sobre uno de los bienes más valiosos del Perú.

Proteger Machu Picchu no es una tarea sectorial ni una consigna retórica. Es una responsabilidad colectiva y de largo plazo que exige planificación, coordinación y voluntad política. La sostenibilidad del santuario no puede continuar siendo un objetivo declarado; debe convertirse, sin más demora, en una práctica efectiva y verificable. Porque preservar Machu Picchu, en última instancia, es preservar una parte esencial de nuestra identidad y de nuestra responsabilidad ante el mundo.