• JUEVES 5
  • de marzo de 2026

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Samuel Prieto y Risco: una lección pendiente para el Perú sanitario

Perteneció a una generación que entendió la medicina como servicio público y misión nacional.


Editor
Dr. Oswaldo Salaverry García

Historiador de la Academia Nacional de Medicina


Nacido en Lima en 1869, Prieto y Risco perteneció a una generación que entendió la medicina como servicio público y misión nacional. Formado en San Fernando de la Universidad de San Marcos y perfeccionado en Europa, en La Sorbona y centros médicos de Francia, Alemania e Italia, pudo haber optado por una carrera cómoda en la capital. No lo hizo. Eligió el Perú profundo, ese territorio donde la enfermedad se combinaba con el abandono estatal, la precariedad logística y la indiferencia política.

Su especialización en epidemiología pulmonar y palúdica lo llevó a ejercer en Cerro de Pasco, Andahuaylas, Aymaraes, Carhuaz, Huaraz, Chimbote, Casma, Ilo y otras localidades andinas y costeras. En todas ellas combatió epidemias con una mezcla de rigor científico, intuición clínica y capacidad organizativa. Destacó especialmente en la lucha contra la peste bubónica, una de las mayores amenazas sanitarias de inicios del siglo XX. En Huarochirí y Pacasmayo, su intervención fue decisiva para controlar brotes que podían haberse convertido en catástrofes nacionales.

El reconocimiento popular a su labor no fue casual. En Huaraz fue elegido alcalde en 1911, desde donde impulsó caminos y mejoras de infraestructura, entendiendo que la salud no se limita al consultorio, sino que depende de condiciones de vida dignas. Ese enfoque integral –hoy tan citado en discursos técnicos– era ya una práctica concreta en su accionar. Fue también un hombre de Estado. Participó en la política, fue delegado universitario, y asumió responsabilidades diplomáticas como cónsul del Perú en Dresde en 1920, en una Alemania convulsionada tras la Primera Guerra Mundial. Desde allí promovió activamente el comercio, la transferencia de manufacturas y hasta la inmigración agrícola, convencido de que el desarrollo económico y la salud pública eran dimensiones inseparables. Su visión era moderna: pensaba el país como un proyecto articulado entre ciencia, educación, producción e integración internacional.

No menos revelador es su papel en episodios clave de la historia política peruana, como el manejo sanitario de deportados políticos en 1921 o su presencia en la misión peruana ante la Comisión Plebiscitaria de Arica. Incluso dejó memorias inéditas que testimonian, desde dentro, las tensiones y frustraciones del Perú frente a la ocupación chilena de las provincias cautivas. Su vida fue, en suma, una intersección constante entre medicina, política y patria.

El reconocimiento internacional a su entrega queda reflejado en el testimonio del epidemiólogo estadounidense Henry Hanson, quien padeció la peste bubónica en el Perú y afirmó que Prieto y Risco fue el médico que más se preocupó por su recuperación. Hanson señaló un problema estructural que, dolorosamente, sigue vigente: la falta de personal calificado para enfrentar epidemias y formar nuevas generaciones. Lo escribió hace más de un siglo. Lo vivimos hoy, con la escasez de intensivistas durante la pandemia de la covid-19 y con sistemas de salud nuevamente desbordados por el dengue.

Prieto y Risco fundó el servicio nocturno de la Asistencia Pública de Lima en 1929, impulsó la enseñanza de idiomas extranjeros como parte de una “revolución educativa” y hasta incursionó en la actividad minera con estudios técnicos publicados. Murió trágicamente en 1931, en un accidente automovilístico, pronunciando como últimas palabras: “mis hijas”. Su sepelio congregó a autoridades, intelectuales y ciudadanos que reconocían en él a un servidor público excepcional. A 156 años de su nacimiento, recordar a Samuel Prieto y Risco no es un ejercicio nostálgico. Es una interpelación directa al Perú de hoy. Su vida demuestra que las epidemias no se vencen solo con tecnología, sino con compromiso humano, formación sólida y presencia efectiva del Estado en todo el territorio. Si seguimos repitiendo los mismos déficits que él ya denunció, no será por falta de ejemplos, sino por falta de voluntad para aprender de ellos.