Opinión
Country manager Perú y Bolivia - Schneider Electric
Durante los últimos años, la sostenibilidad ha dejado de ser un eje complementario para convertirse en un factor decisivo en la planificación empresarial. Hoy, las organizaciones enfrentan el desafío de operar de manera eficiente, reducir su huella ambiental y, al mismo tiempo, mantener la confiabilidad de sus infraestructuras. En ese camino, la tecnología eléctrica cumple un rol fundamental.
La electrificación de procesos, junto con la adopción de soluciones eléctricas libres de gases contaminantes y el uso de sistemas de gestión energética digitalizados, permite reducir emisiones y optimizar el consumo de energía en edificios, industrias e infraestructuras críticas. Estas tecnologías hacen posible una operación más limpia, segura y alineada con los estándares ambientales que el país y los mercados internacionales exigen.
En este proceso, la gestión inteligente de la energía se convierte en un habilitador clave. Contar con información precisa sobre cómo, cuándo y dónde se consume la electricidad permite a las empresas avanzar de una sostenibilidad declarativa a una sostenibilidad medible. La digitalización de la infraestructura eléctrica no solo facilita el cumplimiento de metas ambientales, sino también aporta mayor control operativo, continuidad del negocio y una base sólida para definir inversiones responsables de cara al 2026.
El cierre del 2025 invita a reflexionar sobre la modernización de los sistemas eléctricos. Sustituir equipos tradicionales por tecnologías que eliminan el uso de gases con alto potencial de calentamiento global, como el SF6, no solo contribuye a la descarbonización, sino también mejora la eficiencia y resiliencia de la infraestructura. A ello se suma la digitalización, que permite monitorear el consumo energético en tiempo real, identificar ineficiencias y tomar decisiones basadas en datos.
Este 2026, el reto para las empresas peruanas será acelerar esta transición. Apostar por infraestructuras eléctricas más verdes no solo responde a los compromisos ambientales del país, sino también fortalece la competitividad, reduce riesgos operativos y prepara a las organizaciones para un entorno energético cada vez más exigente.