Opinión
Director de Centro Familias 360
Sin embargo, más allá de los buenos deseos, este nuevo año debería convertirse en una verdadera oportunidad para amar mejor y valorar a quienes tenemos al lado. Un desafío que los padres y madres estamos llamados a asumir con responsabilidad y conciencia.
Las cifras de los últimos años no dejan lugar a la indiferencia. Diversos estudios, como los realizados por el Centro de Salud Psicológico Emocional (CSPE), advierten que en cinco de cada diez familias con hijos menores se está afectando el desarrollo emocional de niños y adolescentes. A ello se suman reportes del Ministerio de Salud (Minsa) que estiman que cerca del 50% de los menores en el Perú se encuentra en riesgo de presentar problemas de salud mental.
Estamos frente a una crisis silenciosa y creciente. Durante el primer semestre del 2025 se registraron más de 250 muertes por suicidio en población infantil y adolescente, un dato alarmante que se refleja también en la sobrecarga de los centros de salud mental, hoy atendiendo miles de casos de depresión y ansiedad en menores de edad.
Según la directora del CSPE, la psicóloga Marisol Pinedo, los patrones que con mayor frecuencia dañan la estabilidad emocional de los hijos son la violencia intrafamiliar (siete de cada diez hogares sufren de ella) la indiferencia, la sobreprotección, el exceso de juicio, la ausencia del padre o de la madre y, paradójicamente, el darlo todo con demasiada facilidad. Conductas que muchas veces nacen del amor, pero de un amor sin herramientas emocionales adecuadas.
Estas prácticas generan en niños y adolescentes ansiedad, baja tolerancia a la frustración, dependencia y serias dificultades para desarrollar autonomía. Cuando no cuentan con recursos emocionales para enfrentar el error, el rechazo o los límites, el impacto puede ser profundo y duradero, dice Pinedo.
Con la llegada de este nuevo año la reflexión es inevitable. ¿Estamos afectando el futuro emocional de nuestros hijos? ¿Qué actitudes nuestras, cotidianas, están debilitando su estabilidad? ¿Qué cambios reales necesitamos hacer como padres y madres para fortalecerlos?
Si entendemos que una persona integral es aquella que desarrolla sus dimensiones física, intelectual, emocional y espiritual, la pregunta es aún más directa: ¿estamos fortaleciendo o descuidando estas dos últimas?
Ser padres nunca ha sido fácil, y mucho menos en este siglo XXI marcado por la incertidumbre, la hiperconectividad, el ritmo acelerado de vida y, en muchos casos, la ausencia emocional dentro del hogar. La prisa diaria nos roba el tiempo para reflexionar como padres, como madres o como pareja. Pero no debe encerrarnos en el egoísmo ni impedirnos mirar con mayor empatía las necesidades emocionales y espirituales de nuestros hijos.
No basta con asegurarles una buena alimentación o una educación académica sólida. Criar hijos emocionalmente sanos implica acompañarlos, poner límites con afecto, enseñarles a gestionar la frustración y cultivar también su dimensión espiritual, cualquiera sea la forma en que cada familia la entienda.
Que el 2026 marque el inicio de un cambio. Un año para revisar nuestras relaciones de pareja y, convivamos o no bajo el mismo techo, mejorar nuestras prácticas de crianza. Porque educar no es solo formar estudiantes o profesionales exitosos, sino también personas emocionalmente completas, capaces de vivir, amar y enfrentar la vida con fortaleza.