• MIÉRCOLES 27
  • de mayo de 2026

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La historia en las páginas de El Peruano

1827: Un país en construcción

Editor
Jorge Huamán Machaca

Historiador y Especialista en valoración de bienes patrimoniales bibliográfico-documentales



En efecto, si el Perú de 1825 y 1826 reflejó aún un marcado espíritu bolivariano, 1827 se presenta como el primer año en que la patria pudo tomar decisiones sin la influencia política de nación extranjera alguna. Esa etapa de afirmación soberana encuentra eco en las páginas de El Peruano, donde se reseñan con detalle los hechos más relevantes de la vida nacional.

Durante 1827, el diario oficial publicó al menos 106 ediciones, entre el 3 de enero y el 11 de diciembre, dejando constancia escrita de los sucesos más significativos del país. Gracias a ese registro, hoy es posible acceder a una visión directa y contemporánea de los debates, disposiciones y aspiraciones que forjaron el rumbo de la República en sus primeros pasos de autonomía plena.

Vida republicana

La campaña final independentista, el control dictatorial que había ejercido Bolívar sobre el Estado peruano y su imprevista salida del país, en septiembre de 1826, son sucesos que ayudan a explicar la inestabilidad política en el inicio de nuestra vida republicana.

De hecho, la turbulenta transición del régimen virreinal a uno republicano incrementó el desafío de seguir organizando el Estado peruano, terminar de delimitar nuestras fronteras, fomentar la unidad de una sociedad claramente fragmentada y recuperar nuestra empobrecida economía a causa de las guerras de Independencia. En ese sentido, un editorial de El Peruano, aparecido el 14 de febrero de 1827, consideraba que la causa de todos nuestros males había sido el no haber efectuado nuestra Independencia solos y por haber siempre dependido de extranjeros.

Protagonistas

El Peruano guarda registro de los acontecimientos más destacados de ese año, teniendo como punto de inflexión la previa partida de Bolívar hacia la Gran Colombia y el desacuerdo de la élite peruana ante sus actos de gobierno: ello quedó evidenciado al derogarse la Constitución vitalicia de 1826 y con ello todo lo aprobado bajo su amparo; el relevo del general Andrés de Santa Cruz, quien había quedado en su reemplazo como presidente de un Consejo de Gobierno, y la restitución del nombre de Trujillo, el cual había cambiado a Ciudad Bolívar en marzo de 1825.

A ello quizás deba unirse la salida del ejército grancolombiano de territorio nacional y el regreso de Francisco Javier de Luna Pizarro en abril de 1827, quien había sido exiliado del país por oponerse al pretendido gobierno vitalicio de Bolívar.

Por su lado, José de la Mar fue ungido presidente del Perú (junio 1827 / junio 1829), convirtiéndose en el primero de nuestra historia que llegaba a ese cargo con la aprobación del Congreso.

Aunque el caudillo había iniciado su carrera militar sirviendo a la causa del rey, tras su paso al bando patriota en 1821, logró la capitulación de las autoridades virreinales de Guayaquil, integró el I Congreso Constituyente de nuestra historia y fue presidente de la Junta Gubernativa que continuó la lucha independentista tras el retiro del Libertador San Martín, además de haber sido uno de los principales artífices de la victoria patriota en la batalla de Ayacucho.

Lamentablemente, a pesar de su experiencia, fue protagonista de un gobierno condicionado por la turbulencia de nuestra naciente república. En los 2 años que duró su mandato, se vio limitado por la rivalidad y aspiraciones políticas de caudillos como Andrés de Santa Cruz, Agustín Gamarra o Antonio Gutiérrez de la Fuente. Por ello su gobierno, buscando estabilizar la política peruana, en noviembre de 1827 presentó el proyecto de Constitución que finalmente sería promulgado en 1828. Y aunque La Mar buscó fortalecer la institucionalización del Estado, lo cierto es que la constante inestabilidad política y las conspiraciones militares constituyeron la norma y no la excepción durante su mandato, hechos que propiciarían su derrocamiento y posterior muerte en el exilio tras la Guerra Peruano-Grancolombiana.

El Peruano también guarda memoria de las relaciones que sostuvo el Perú con el Viejo Mundo y el interés que se tenía por los acontecimientos de México, Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata, pero de forma especial por los sucesos de la Gran Colombia y Bolivia, quizás por la pérdida de Guayaquil y el apoyo final que Bolívar brindó a las fuerzas secesionistas del Alto Perú; ello quizás explique la postura de nuestro gobierno al reclamar a todos los soldados peruanos que por voluntad de Bolívar habían sido trasladados a servir a su causa en la Gran Colombia y Bolivia, además del condicionamiento peruano para iniciar relaciones diplomáticas con este último país desde el momento que cesara la intervención armada extranjera.

Dos hechos sensibles de este año fueron: 1.- La promulgación de la primera Constitución de Bolivia (noviembre 1826), que validaba el gobierno vitalicio del mariscal Sucre y que terminó generando disconformidades en el sur del país, todas ellas representadas en la actitud asumida por el general Agustín Gamarra, prefecto del Cusco, jefe del Ejército del Sur y quien meses después ingresaría a Bolivia, ocasionando la caída del gobierno de Sucre; y 2.- La creciente tensión surgida con la Gran Colombia, avivada por acusaciones mutuas sobre disputas territoriales y generando la oposición del Estado peruano ante la pretensión bolivariana sobre Tumbes, Jaén y Maynas, lo cual generaría el advenimiento de la primera guerra internacional de nuestro periodo republicano, sostenida en 1828 con este país. No cabe duda de que estos sucesos muestran en toda su intensidad la lucha por la hegemonía regional que empezaba a librarse en el mundo andino postindependentista.

Contexto socioeconómico

El colapso de la economía, especialmente en el sector minero, se sumaba a la decadencia de las haciendas costeñas y serranas a causa de la política de tierra arrasada que pusieron en práctica patriotas y realistas entre 1820 y 1824. De igual forma, la falta de capitales para reflotar nuestro sistema hacendario y la enorme deuda pública generada durante las guerras pasadas agravaba la posición del Estado peruano al no contar con un presupuesto que permitiera conjugar los ingresos y egresos de la naciente república.

A nivel poblacional, la sección estadística de El Peruano nos muestra la preocupación por la disminución demográfica producto de las guerras y epidemias que habían asolado al país en el contexto independentista, resultando que para 1827 se contaban más muertes que nacimientos por año, lo cual generaba la esperanza de incrementar la población con políticas inmigratorias que implementara el gobierno.

La sociedad, por su lado, siguió profundamente jerarquizada. El discurso independentista de libertad e igualdad empezaría a difuminarse ante la perplejidad de la desconcertada población peruana. La elite criolla había reemplazado a la española en el poder, pero el “progreso de la nación” como consigna estatal terminaría cediendo el paso a intereses y tensiones de grupos de poder, destacando los surgidos entre los terratenientes de la costa y la sierra, además de la habida entre caudillos y comerciantes del sur y el norte del Perú.

Pirámide social

Los indígenas, afrodescendientes y demás castas, que tanto habían luchado en las guerras pasadas, seguían en la base de la pirámide social, sin acceso a la educación y las tierras. Ello quizás explique porqué Ricardo Palma afirmaría que tras la Independencia casi nada había cambiado en términos sociales (v. “El baile de la Victoria”) y también porque el pueblo iquichano continuó oponiéndose al surgimiento de la república. Las promesas de igualdad vertidas por la prédica independentista no se estaban materializando con el advenimiento de la República.

Esperanzas y frustraciones

1827 nos muestra al Perú como un país aún en formación, como un naciente crisol de esperanzas y frustraciones. Ciertamente, la Independencia se había logrado, pero dos años después de aquel magno acontecimiento, con la llegada de nuestro primer gobierno autónomo, se esperaba que la patria pudiera consolidar aquel ideal republicano resumido en el lema “Firme y feliz por la unión”. 

Así, la verdadera batalla por el progreso y la unidad nacional apenas empezaba. En resumen, aquel año fue un punto de inflexión entre el fin de la era bolivariana y el inicio de una historia aún no escrita que aspiraba a la consolidación del Estado peruano, pero en medio de una realidad compleja donde destacaban las visiones, muchas veces opuestas, de los caudillos que pugnaron por regentarla. Y hoy todo ello lo recordamos desde las páginas de El Peruano.