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Huancané, tierra indómita y rebelde

El 19 de setiembre de 1827 resuelve que Huancané sea capital de la provincia del mismo nombre.


Editor
Fernando Chuquipiunta Machaca

Docente


Por Ordenanza Real y por encargo del virrey del Perú Agustín de Jáuregui y Aldecoa (1780-1784) se nombró encomendadero de Huancané a Miguel Porcelles, quien llegó del Cusco acompañado por notables ciudadanos españoles, tales como Cristóbal de Manzaneda, Horacio Conde de San Román, Felipe de la Riva Alencastre, Buenaventura Llamosas Rocafuerte y José María Pomareda y Gallo.

Los notables ciudadanos españoles se asentaron en Huancané fundando San Santiago de Huancané y después de un tiempo regresaron al Cusco, menos San Román, Pomareda, Alencastre y Llamosas, que murieron en tierra aimara. Estos españoles llegaron a Huancané sin sus esposas. Al establecerse tomaron por mujeres o compañeras a hermosas jóvenes aimaras en quienes engendraron hijos, formando una casta de mestizos notables, entre ellos Benito San Román Condorena, Ignacio Pomareda Incaluque, Romualdo Alencastre Huanca y Felipe Llamosas Huanca, incluyendo naturalmente a sus hermanas.

En noviembre de 1780, la gran rebelión de Túpac Amaru II trascendió las fronteras de América Latina. José Gabriel Condorcanqui era arriero como Pedro Vilcapaza Alarcón, luego se sumó el cacique huancaneño Inti Condorena, de la comunidad campesina de Jorata.

Inti Condorena atacó Huancané y ordenó matar a toda la población, así como también incendiar las casas. Cinco curas salieron del templo San Santiago de Huancané para pedir clemencia y se les perdonara. Inti Condorena pasó cuchillo a esa casta de mestizos notables, incluso ordenó el ahorcamiento de los curas por haber establecido una serie de impuestos y cometido abusos. Por eso a los huancaneños los llaman “matacuras”.

El corregidor y justicia mayor general Lorenzo de Sata y Subiría combatió contra Túpac Amaru II y presenció la muerte de Inti Condorena, dando órdenes para su ejecución el 8 de abril de 1782, siendo ahorcado públicamente en la plaza de Armas de Azángaro.

La rebelión de Huancho Lima se gestó en las primeras décadas del siglo XX, con la creación del Comité Pro-Derecho Indígena del Tahuantinsuyo, que promovió la liberación del campesinado mediante la educación de los pueblos, a fin de erradicar el analfabetismo y fortalecer la defensa de sus derechos.

Los líderes de Huancho viajaron a Lima para entrevistarse con el presidente Augusto B. Leguía. A su retorno decidieron levantar una ciudad semejante a la capital, desde donde se administraría el territorio campesino. Colocaron la primera piedra para la construcción de la escuela y la catedral en Huancho, y comunicaron que a partir de entonces los pobladores debían establecerse en el nuevo pueblo. Informaron además a todos los ayllus que Huancané dejaría de ser la capital del distrito y que Huancho pasaría a ocupar ese lugar. En esta nueva capital, aseguraron, las autoridades escucharían a los campesinos e impartirían una justicia verdadera, garantizando el respeto de sus derechos.

Cuando estalló la rebelión de Huancho Lima en diciembre de 1923, los campesinos decidieron tomar el pueblo de Huancané para escarmentar a las autoridades que jamás habían hecho justicia. Al conocer esta intención, las autoridades de Huancané solicitaron apoyo a la capital del departamento de Puno. Desde allí se envió, a través del lago Titicaca, el barco mercante El Inca, que transportaba un destacamento del Batallón de Infantería Motorizado N.º 15, bien armado. Tras desembarcar en el muelle de Vilquechico, las tropas avanzaron a paso forzado hacia Huancané y luego a Huancho Lima, donde se produjeron enfrentamientos con los campesinos, que se defendían apenas con piedras, gritando “wala, wala, wala” en alusión a las balas disparadas por los soldados.

Las fuerzas represivas incendiaron las viviendas de los líderes de la rebelión y saquearon los bienes y animales de los campesinos, dejando a su paso un escenario de tierra arrasada. Varios dirigentes fueron fusilados o murieron en los enfrentamientos, mientras que otros fueron perseguidos y hostigados durante años.

De esta manera fue apagada, a sangre y fuego, esta sublevación campesina, conocida como la rebelión de Huancho Lima de 1923.