• SÁBADO 4
  • de abril de 2026

Editorial

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Inteligencia y seguridad

La inseguridad no es un destino inevitable. Con decisión política, con visión técnica y con trabajo articulado, el Perú puede recuperar la tranquilidad que ha perdido en los últimos tiempos.

Durante mucho tiempo, el enfoque tradicional de seguridad en el país ha priorizado la reacción inmediata ante delitos ya cometidos, descuidando las herramientas fundamentales para anticipar y neutralizar las amenazas antes de que ocurran. Al respecto, robustecer las capacidades de inteligencia es una medida necesaria y esperada. Significa dotar al Estado de mejores sistemas de información, tecnología de punta, personal especializado y redes de análisis que permitan desarticular estructuras criminales de manera estratégica y sostenida.

Esta inversión debe entenderse como una medida técnica y también como una oportunidad para modernizar la seguridad ciudadana desde una perspectiva integral. La inteligencia eficaz no se limita a interceptar comunicaciones o seguir pistas: también implica conocer los territorios, entender los patrones sociales del delito y anticipar los movimientos de las organizaciones criminales que siembran miedo en todas nuestras comunidades.

De ahí la importancia de asegurar que este esfuerzo se traduzca en resultados visibles para la población: menos extorsión, menos homicidios, más presencia estatal en zonas vulnerables. El uso de los recursos debe estar guiado por criterios de transparencia, profesionalismo y evaluación constante, de modo que cada sol invertido contribuya realmente a construir un país más seguro para todos los peruanos.

Además, esta estrategia puede y debe complementarse con una visión más amplia de prevención. El fortalecimiento de la inteligencia debe ir acompañado de políticas sociales, programas juveniles, mejora del sistema penitenciario y acciones coordinadas con gobiernos regionales y locales. Solo así se podrá cortar de raíz la influencia de las mafias y recuperar los espacios tomados por el miedo.

La inseguridad no es un destino inevitable. Con decisión política, con visión técnica y con trabajo articulado, el Perú puede recuperar la tranquilidad que ha perdido en los últimos tiempos. El anuncio del ministro Malaver marca un punto de partida importante. Si se ejecuta con inteligencia –en todos los sentidos del término–, puede representar el inicio de una nueva etapa en la lucha contra la delincuencia y el crimen organizado: una etapa en la que el Estado no solo reacciona, sino que también se adelanta; no solo reprime, sino que también protege; no solo enfrenta el delito, sino que también defiende la vida, la convivencia y la esperanza para millones de peruanos.