Opinión
Ir a comprar nos muestra cuán normalizado está el uso de plásticos de un solo uso. Cada producto, incluso si es pequeño, estará contenido en una bolsa de dicho material.
Le pregunté al dueño de la bodega de mi barrio por qué continúa entregando bolsas de plástico si incluso hay una ley que restringe su empleo. Me contestó que cuando dicha norma entró en vigor, el 2018, sus clientes se enfadaban y no compraban cuando les decía que ya no entregaba bolsas.
La contaminación por plástico es una crisis ambiental que crece de manera silenciosa pero implacable. Según el Ministerio del Ambiente, cada año, el país genera 1.2 millones de toneladas de residuos de ese material, de los cuales apenas el 10% se reciclan. Lima y Callao concentran casi la mitad de esta carga, lo que las convierte en el epicentro de un problema que amenaza con desbordar nuestras ciudades y ecosistemas.
El cumplimiento de la Ley de Plásticos de un Solo Uso es muy limitado. Esta regulación, que busca restringir el uso de plásticos desechables y promover alternativas sostenibles, enfrenta barreras que van desde la falta de fiscalización hasta una débil conciencia ciudadana. Cada día, los peruanos consumimos la alarmante cifra de 3,000 millones de bolsas plásticas, muchas de las cuales terminan en los océanos. Allí se descomponen en microplásticos que afectan la biodiversidad marina y, a largo plazo, la salud humana a través de la cadena alimenticia.
El impacto no se limita a la fauna o los ecosistemas. Este problema refleja también una profunda desconexión con la urgencia de proteger el medioambiente. En un país que depende de su riqueza natural para actividades clave como el turismo y la pesca, la inacción no solo pone en riesgo el entorno, sino también la sostenibilidad económica y social.
Es claro que no basta con una ley si esta no va acompañada de un cambio cultural profundo y de políticas que incentiven la economía circular. El reciclaje, aunque es parte de la solución, no puede ser el único camino. Se requiere un compromiso colectivo para reducir el consumo de plásticos desde su origen, adoptando hábitos de vida más sostenibles y apoyando alternativas biodegradables.
El sector público, además, debe asumir su responsabilidad, no solo como regulador, sino también como líder en la construcción de un modelo más sostenible. Mayor fiscalización, incentivos para la innovación y una mejor infraestructura de reciclaje son medidas necesarias para enfrentar el desafío. También lo es educar a la ciudadanía. El cambio solo será posible cuando cada peruano entienda que su consumo diario tiene un impacto que afecta al planeta entero.
La lucha contra el plástico es, en esencia, una lucha por nuestra supervivencia y la de las generaciones futuras. El Perú tiene aún la oportunidad de liderar en esta causa, pero el tiempo apremia. La pregunta no es si debemos actuar, sino si lo haremos a tiempo para evitar un daño irreversible.