En la columna de hoy insisto en el llamado a las autoridades y directivos de organismos civiles para que concerten un plan de acciones para integrar sistemática y transversalmente la alfabetización mediática al currículo escolar, desde el primer grado de primaria hasta el último de secundaria. Esto garantizaría que nuestros escolares usen el pensamiento crítico al acceder a los medios, y de esta manera cuestionar la información, analizar fuentes, discernir entre hechos y opiniones, y evaluar la credibilidad y la veracidad de la información en línea y fuera de línea.
El llamado de hoy lo baso en datos concretos, como los transmitidos por Statista, plataforma digital alemana especializada en la difusión de informes y estadísticas sobre más de 80,000 temas.
En su sitio web, Statista publicó en el 2022 una encuesta que colocaba al Perú, empatado con México, como el segundo país donde se consume más noticias falsas o engañosas en el mundo. Solo nos superaba Filipinas, y antecedía a Rumanía, Bulgaria, Brasil, Chile, España, Italia, Austria y otras naciones. En concreto, explica Statista, el 87% de los peruanos, casi nueve de cada diez, afirmó haber estado expuesto a información falsa o engañosa.
No cabe duda de que el sector más joven de la población corre más riesgo de encontrar y compartir noticias falsas por su permanente contacto con internet. De acuerdo con estimaciones del INEI, en el 2019 existían en el país 6 millones 351,000 niños y adolescentes de 6 a 17 años, aproximadamente un 20% del total de la población nacional. Esta misma institución determinó al primer trimestre del 2022 que el 72.4% de niños y adolescentes de 6 a 17 años usaron el servicio de internet. El porcentaje subía a 84.2% entre la población de 12 a 17 años.
La inmensa mayoría de niños y adolescentes pueden obtener información de cualquier tipo en las redes sociales, en sitios web y en plataformas de mensajería tipo Whatsapp, lo que sería inmensamente positivo si mucha de esa información no fuera difundida por personas u organizaciones dispuestas a engañar con el fin de degradar a la sociedad.
Implementar un compromiso social y político con estas características y acuerdos ayudaría a empoderar a los niños y adolescentes para que sean ciudadanos informados, críticos y responsables en un mundo cada vez más digitalizado y mediático. Así, poco a poco, lograríamos abandonar los primeros lugares entre los países que consumen más información falsa en el mundo.