Cultural

Periodista
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–Usted afirma que para ser escritor no hace falta estudiar Literatura, sino amar la literatura. Junto a esa reflexión, estimulante, usted es un poeta disciplinado, un estudioso de la poesía. ¿No hay allí una contradicción?
–Lo que ocurre es que quienes estudian Literatura no están excluidos. Simplemente, ellos tienen la posibilidad de hacer un manejo más técnico y preciso. Es como un músico de conservatorio y otro de la calle: el músico de la calle puede tener un gran nivel, pero es más intuitivo. Y el músico académico sabe más. El riesgo está en que lo académico quita audacia.
–¿Audacia?
–Sí, hay muchos casos y espero que no sea el mío. Hay académicos que saben explicar muy bien la poesía de otros, pero aquello que escriben no es de tanta calidad. Hay muchos ejemplos y no me pida que los mencione. Más bien, pongamos el ejemplo contrario, el de los poetas-profesores. En España, en la Generación del 27 hay por lo menos tres de gran nivel: Dámaso Alonso, Pedro Salinas y Gerardo Diego. En 1944, Alonso escribió un poemario sumamente bueno, Hijos de la ira, que se atrevía a cuestionar al régimen franquista sin decirlo. Salinas es autor de La voz a ti debida, uno de los libros de poesía amorosa más importantes. Y en el Perú también: Vallejo, Ciro Alegría, Arguedas fueron profesores.
–Lo cual confirma que para ser escritor no se necesita estudiar Literatura.
–O si la estudias, no te perjudica. Simplemente te da una mayor seguridad, un aplomo.
–Hay dos esferas con las que a usted no se le asocia, en tanto poeta: la militancia política y la bohemia.
–Hay varias explicaciones. En Piura, siendo niño, conocí a un poeta, Joaquín Ramos Ríos, hijo de una familia pudiente. Él había ido a Alemania a estudiar Medicina y no estudió nada. Mandaba fotos vestido como médico, pero lo que hizo bien fue aprender alemán, se casó allá, luego se divorció. Y cuando regresó a Piura era ‘un hombre de las noches’, un bebedor y, sin embargo, tenía un gran talento. Recuerdo que recitaba en la plaza Merino, en alemán o en castellano, y se presentaba en los teatros. Pero era un dipsómano, para decirlo elegantemente. Nunca publicó un libro. Entonces yo vi ahí la forma en que un poeta perdía su talento en la nada. Y no quería ser como él.
–¿Y la militancia política?
–Siempre he tenido sensibilidad política, básicamente porque mi padre era un militante político, era aprista. Él tenía un tío que era muy amigo de César Vallejo y de Víctor Raúl Haya de la Torre, en Trujillo. Se llamaba José Eulogio Garrido. Entonces, en la casa de Garrido conoció a todos los amigos de Vallejo, entre ellos Haya. Y se impactó siendo joven. De Trujillo, mi padre viajó a Piura para hacerse cargo de un periódico, La Industria, y así se salvó en 1932…
–El año de la barbarie...
–Sí. Creo que si mi padre hubiera estado allí, en Trujillo, lo hubieran matado.
–¿Qué significa San Marcos para usted?
–Recuerdo una frase de Pablo Macera en los años 80. Él decía que en el Perú hay instituciones que tienen muy acendrado el instinto de pertenencia. Y enumeraba tres: el Apra, el Ejército y San Marcos. Y de las tres, San Marcos es la más inolvidable. Usted entra a San Marcos y es sanmarquino para toda la vida. El aprista puede dejar de serlo y el militar también se retira. Pero el sanmarquino en todas partes está orgulloso. Yo no he visto eso de ninguna otra institución. Claro que conocer a San Marcos por dentro puede ser terrible, pero por eso mismo es una escuela viva de lo que es el Perú.
–Usted dicta talleres de poesía en la maestría de Escritura Creativa. ¿Qué encuentra entre sus estudiantes?
–Usted tocó un punto al comienzo: que todos pueden ser escritores. ¿Por qué todos pueden ser escritores? Porque manejar la lengua es la mayor habilidad de los seres humanos porque desde que estamos en el vientre materno se dice que ya se escucha. Y, de hecho, cuando uno nace, nace gritando e inmediatamente viene la palabra de consuelo de la madre y se establece un diálogo. Y cuando el niño empieza a hablar y la gente no le entiende, la madre traduce, la madre sí sabe. ¿Cómo así?, ¿hay un lenguaje intermedio, balbuceante, que la madre capta rápidamente o que enseña? Es un misterio para mí. Luego usted va a la escuela y surgen esas personas llamadas ‘picos de oro’ y el resto las admira. O sea, hablar bien es un mérito que puede llevarlo a la presidencia de la República (ríe).
–¿Y pasa lo mismo con la habilidad de escribir?
–Mire, quien sale del círculo familiar y puede hablar en público ya ha ganado mucho. Y si usted escribe bien una carta, qué bien. Y si escribe bien un informe, una novela, un poemario, un libro de historia, qué bien. La oralidad tiene una ventaja: la conversación va afinando una conclusión, si se busca. Sin embargo, la oralidad se evapora. De Sócrates no sabríamos nada sin Platón, que cristalizó lo que él dijo; igual que los discípulos de Buda y Jesucristo, porque Jesucristo tampoco escribió, pero gracias a sus apóstoles llega hasta nosotros. Entonces, creo que leer y escribir son bendiciones como las artes.
Las medallas y los honores
–¿La militancia política le agrega valor a la figura de un intelectual?
–Es difícil la respuesta. Pero creo, de todas maneras, que vale la pena. Si uno es honrado y mantiene su bandera, por lo menos funciona como ejemplo ante los demás. Y eso me parece clave ahora, cuando las ideologías son menos importantes que la conducta ética de las personas. Aún reducido a eso, la honradez y la ética pueden ser banderas que agrupen a liberales e izquierdistas.
–¿A los polos opuestos?
–Liberales en el sentido de Adam Smith, no en lo que se llama hoy neoliberalismo. Eso no sirve para nada y ya en el mundo se ha probado. Eso es lo que yo creo y, claro, las generaciones pasan rápido y dudan, pero siempre necesitan una orientación. Los jóvenes necesitan guía y créame que cualquiera que sea el espacio donde uno actúe, si tiene alguna influencia, puede hacer el bien. En eso yo me mantengo. Hace algunos años me llamaron para ser miembro del Comité de Ética del Jurado Nacional de Elecciones, con personas muy destacadas. Para mí, cívicamente, eso ha sido un premio.
–Esto me recuerda que usted ha dicho también, sobre los honores y las glorias, que “a los viejos se les engaña igual que a los niños: con medallitas”.
–Ahí no me dieron ninguna, felizmente (ríe). Solo las gracias. Es que la gente se muere por las medallas. Pero aquí hay que ser muy preciso: a veces algunas instituciones quieren honrar a alguien y no tienen más que una medalla; entonces hay que aceptarla y ser amistoso. Pero, ¿basar el prestigio personal en las medallas y en los honores?, ¿qué cosa es eso?
Redes y poesía
Respecto a las redes sociales, vamos a ver la opinión negativa y la opinión positiva. Yo estoy con Umberto Eco que dice que las redes han dado la palabra a mucha gente que no merece tenerla.
Sin embargo, hablando de literatura, las redes también permiten la aparición de gente de talento que, de otra manera, no conoceríamos. Gracias a la tecnología, ahora es más fácil progresar en una serie de campos.
En cuanto a la inteligencia artificial, mi opinión no es tan optimista como la de otros. He visto que la inteligencia artificial, al menos ahora –no sé después–, no tiene capacidad para escribir buenos poemas.