El intérprete marcó el camino que siguió la música criolla con su instrumento de cuerdas.
Ernesto Carlín Gereda
Editor de Culturales
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Como sucedió con varios intérpretes, aunque sus mayores eran aficionados a la música, no querían que su hijo lo fuera.
Pero ya con siete años le sacaba notas a la guitarra, intentando imitar lo que escuchaba regularmente en las reuniones de sus progenitores. Una de sus abuelas le enseñó algunos acordes, pero en casa el problema era el padre, José Avilés, fotoperiodista de profesión.
En varias entrevistas narró Oscar Avilés que tanta era su pasión por las cuerdas que, para evitar que lo escuche su progenitor, se escondió un día en un gran armario de tres cuerpos que tenían en casa. Don José Avilés dio igual con él.
Sabiendo que la vocación de ese momento de su pequeño Osquitar no la iba a contener con solo prohibírselo, accedió a que aprenda los secretos de la guitarra. La única condición que puso fue que no sea un músico “adocenado”. Hermoso adjetivo que significa no ser un mediocre de los que hay por docenas.
El genio se impone
Tal vez a los más jóvenes les es difícil imaginar música criolla en la que la guitarra no sea protagónica, pero para la Guardia Vieja, esa que se formó en el siglo XIX, no era así.
Óscar Avilés vivió cómo el instrumento iba tomando mayor relevancia en las jaranas , centros musicales y peñas. Siguiendo el consejo de su padre, se esforzó por aprender con los más variados artistas y las diversas técnicas que había.
“Aprendí a tocar con los diez dedos”, diría más tarde de esa época. La frase no es gratuita. La mayoría de guitarristas criollos se limitaban a acompañar o a repetir las mismas notas.
Como diría Chabuca Granda –de quien fue guitarrista por varios años– “sin Oscar Avilés, la guitarra en la música criolla hubiera muerto de tundete”.
El tundete es un peruanismo que sirve para señalar al ritmo repetitivo con el que se acompaña a piezas simples.
Pero cuando arranca la carrera musical de Óscar Avilés, aún había cierta tensión entre acomodarse a las nuevas tendencias y seguir con la tradición de relegar a la guitarra a simple acompañamiento.
En este contexto, una radio convoca a un concurso para decidir quién es el mejor guitarrista del Perú. Es cuando se impone Avilés y recibe el título que casi parece su segundo nombre: la Primera Guitarra del Perú.
En 1947 forma parte de Los Morochucos con Augusto Ego-Aguirre, y Alejandro Cortez. Y más adelante combinó su carrera de músico con la de productor musical, descubriendo varios valores.
Y se llama Perú
Óscar Avilés fue un innovador en la música criolla. Por ejemplo, en Fiesta Criolla, agrupación que creó a fines de los 50 con una producción muy cuidada en sus grabaciones.
Su vida se relacionó con las disqueras. Él contó en el documental Rockstar Avilés, que como parte de sus funciones estaba el de escoger qué agrupaciones del extranjero se grababan para el mercado peruano. Sin conocer mucho de los ritmos en boga en Estados Unidos o Inglaterra, quedó prendado de un sencillo (disco de vinilo de pocas canciones) que inmediatamente pidió para la empresa en la que trabajaba. Ese sencillo era de The Beatles.
Posteriormente, se uniría con Arturo “Zambo” Cavero para formar uno de los dúos más apreciados por los aficionados a la música criolla. Coincidió esta agrupación con la mejor época del fútbol peruano entre la década de 1970 e inicios de la década de 1980.
Sus temas se convirtieron en himnos de la selección, escuchándose incluso en Rusia, la última vez que el combinado patrio llegó a un mundial.
Datos
Óscar avilés tuvo cinco hijos, todos dedicados de alguna manera a la música.
Le sobreviven tres, Ramón, conocido como El bolerista de América, Lucy y Óscar Jr.
En la década de 1970 criticó constantemente a los colegas que combinaban el valse criollo con el bossa nova.
Fue homenajeado en la OEA en 1987 junto con varios artistas criollos, como Arturo “Zambo” Cavero, Jesús Vásquez, Luis Abanto Morales y Augusto Polo Campos.