Central
Periodista
p_vdiaz@editoraperu.com.pe
Su madre vendía productos avícolas en el mercado y su padre se dedicó al expendio de marcianos. “Mi madre era analfabeta. Poco a poco aprendió a sumar, escribir y multiplicar, lo necesitaba para vender”, rememora.
Abrahan y sus hermanos también buscaron la forma de aportar económicamente al hogar. Lo hizo vendiendo en la calle marcianos de diversos sabores, chicles, caramelos, cigarrillos y tamales que su mamá preparaba los fines de semana.
“A veces no teníamos qué comer, pero con creatividad, mi madre convertía cáscaras de naranja y pelos de choclo en infusiones que acompañamos con lo más económico que encontrábamos para comer”, nos dice mientras sus ojos se iluminan al evocar todo lo que afrontó su familia en esos duros años de sobrevivencia.
Su paso por Chile
El destino le tenía reservado un giro total en Lima. Con la determinación que solo el hambre y la necesidad enseñan, dejó atrás su pueblo natal y se sumergió en el bullicio de la capital.
Quiso estudiar, pero la mensualidad se volvió inaccesible. “Mi hermano [quien vivía en La Parada] quería ayudarme pagando mis estudios, pero no le alcanzaba…”, agrega con palabras de agradecimiento a quien, a pesar de las carencias, intentó darle una mano.
Ni modo, había que seguir luchando. Hasta que un día consiguió un trabajo lavando platos en un restaurante de Barranco. “Ni bien me pusieron el mandil, me dije a mí mismo: de aquí no paro. En mi cabeza siempre estuvo la idea de ser cocinero”, comenta.
Logró ascender en la cocina y su deseo de superación lo llevó a invertir sus ingresos en estudios gastronómicos. Luego, la oportunidad de trabajar en Chile marcó un hito en su carrera, se consolidó como chef.
“Me quedé cuatro años trabajando allá, y gracias a nuestro empeño abrieron muchos locales, también me desempeñé como asesor para empresas chilenas sobre comida peruana, todo iba bien”, añade.
Sin embargo, el embarazo de su esposa y demás temas familiares lo hicieron retornar a Lima. El regreso no fue tan dulce como esperaba, y pronto anheló nuevas fronteras.
Oportunidad en Alemania
Así le apareció la posibilidad de viajar a Alemania. Se inició con la sugerencia de un amigo que le ofrecía un trabajo en Múnich, asegurándole buen sueldo y beneficios. Renunció a su empleo en Lima, pero el destino le jugó una mala pasada y se quedó sin trabajo en el país germano.
A ello se sumó que el idioma y la cultura alemana le resultaron complicados. “Fue complicado adaptarme, sobre todo al idioma, pero al menos podía cocinar y comer lo que quería”, menciona.
No desfalleció, siguió intentando hasta que la fortuna le sonrió cuando una amiga le abrió las puertas para trabajar en un restaurante en Fráncfort.
Todo iba mejorando. La llamada de un chef reconocido en Alemania, Juan Danilo, le abrió otros campos de acción.
Un encuentro fortuito en uno de sus viajes con quien luego sería su socia lo llevó a materializar un proyecto compartido.
Mima
De este modo, nació Mima, un rincón gastronómico que fusiona la esencia peruana con toques creativos y el respeto a los sabores tradicionales.
“No quiero que sea muy gourmet, pero tampoco que sea tan básico”, expresa el chef, quien revela su afán por mantener un equilibrio al emplatar.
Hoy, Abrahan reside en Mannheim, una pequeña ciudad a unos 30 minutos de Fráncfort, donde se encuentra su restaurante.
“Atendemos a 70 personas por turno y alrededor de 100 a 120 personas por día”, comparte con orgullo. Con una carta que incluye platos tradicionales peruanos como cebiche, ají de gallina y lomo saltado, Mima ha conquistado el paladar de los comensales.
Además, Abrahan ha incorporado opciones vegetarianas, como la popular coliflor en La Parada, pensando en la creciente elección vegana en Alemania.
El chef hace una pausa a su historia para resaltar lo duro que ha sido el camino. “Todo lo que he logrado ha sido a base de esfuerzo, muchísimo esfuerzo, me ha costado mucho”, subraya este peruano valiente y emprendedor.