El centro de Lima, un escenario de cuentos y novelas
José Antonio Vadillo Vila
Periodista
jvadillo@editoraperu.com.pe
En el número 1183 de la avenida Nicolás de Piérola (antes La Colmena), ya los mozos de delantal, como el famoso Broncano, no ven a Oswaldo Reynoso ubicarse en la primera mesa con los personajes de En octubre no hay milagros (1965). Hasta aquí llegaban escritores, poetas, pintores para debatir y tomar posición, desde el territorio de las Letras, sobre el futuro del país.
Tampoco están –mesas más atrás– el historiador Pablo Macera, poetas de distintas generaciones como Paco Bendezú, Cesáreo Martínez o los Hora Zero. O el flaco Julio Ramón Ribeyro tomando nota mental de todo para después recordarlo y convertirlo, personajes y escenario, en magma literaria de Los geniecillos dominicales (1965). Ahora un Tambo, con su oferta de tragos baratos y café de lija, ha yapeado al olvido la historia literaria del Palermo, cuyos fantasmas son los más letrados de la capital.
Peor suerte corre el café Salón Blanco; se ubicaba en el jirón Azángaro, al frente de la Casona de San Marcos, donde, según dato de la Casa de la Literatura Peruana (Caslit), Javier Heraud estrechó por primera vez las manos de César Calvo, presentándose bromista: “Yo soy Javier Heraud; yo soy mejor poeta que tú”. Aquí Heraud le anunció que ya salía en breve su poemario El río (1960). Hoy es un local corroído por el tiempo y en su puerta de rejas levadizas solo se apoyan los jaladores que hacen trámites al paso.
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Las grandes editoriales e imprentas nacionales dieron sus primeros pasos en el centro de Lima: Peisa, Populibros Peruanos, Milla Batres, Moncloa Editores, etcétera. Imprenta, Librería y Editorial Minerva, fundada por José Carlos Mariátegui y su hermano Julio César, empezó a funcionar en la cuadra seis de la avenida Abancay. Carlos Barrnuevo, sibarita lector y conocedor absoluto del Centro Histórico de Lima, aclara que Minerva es recordada por generaciones de limeños por su local más emblemático, ubicado por años en la esquina de los jirones Callao y Cailloma.
Ayer y hoy, el olor de las imprentas es casi el segundo nombre del jirón Azángaro. Lo saben los curas que ofician en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, y lo sabía don Juan Mejía Baca, editor y librero mítico, gran amigo de toda la intelectualidad del Perú de mediados del siglo XX en adelante. Al local de la librería editorial de don Juan llegaban Martín Adán, Mario Vargas Llosa, Luis E. Valcárcel, Luis Alberto Sánchez.
A José María Arguedas, por ejemplo, Baca le editó en 1966 la novela El Sexto y el ensayo Perú vivo. Tampoco queda en el número 722 plaquita alguna que recuerde su valor literario. Hace décadas que su oferta cultural cedió paso a otros inquilinos. Hoy, una pizarra anuncia con tizas coloridas menús desde 10 soles para oficinistas y emprendedores, sopa de entrada y refresco. ¿Habrá sopa de letras?
Hablando del tayta Arguedas, que ayer hubiera cumplido 113 años, fue uno de los directores de la Casa de la Cultura, que funcionó en la primera cuadra de Azángaro, al frente de la iglesia de San Francisco. Dicha entidad fue la prehistoria del Ministerio de Cultura y el local per se cambió folcloristas y arqueólogos por los miembros del Tribunal Constitucional.
#CentralElPeruano ??A 489 años de su fundación, ¿qué escucha la urbe de los 43 distritos? ¿Refleja este cancionero una ciudad de todas las sangres? ¿O sigue siendo el vals el vehículo sonoro que une a sus habitantes?
“El Perú es Lima, Lima es el jirón de la Unión, el jirón de la Unión es el Palais Concert, y el Palais Concert soy yo”, dice la frase atribuida al polígrafo iqueño del monóculo, Abraham Valdelomar. Desde ese mirador natural de la limeñidad, entre el jirón Cusco y la siete del jirón, del Palais queda su esplendorosa arquitectura, ya vaciado de caché de la Lima del novecientos, del grupo Colónida, y ni la sombra del autor de El caballero Carmelo (1913), una tienda por departamentos oferta bikinis y shorts en cómodas cuotas mensuales.
Quien describe el mundo limeño cambiante, que recibía a la primera oleada de migrantes del siglo XX, era un lustrabotas, personaje de la novela El kilómetro 83 (1930), de José Diez Canseco. Él observaba ese microcosmos del pasaje Olaya, conformado por la clientela del café El Dorado.
Si hablamos de escenarios modernos de la novela peruana, la galería Boza, donde se ubicó la primera escalera eléctrica de Lima, ha sido descrita en varias obras, como el conjunto de cuentos Huerto cerrado (1968), de Alfredo Bryce Echenique, apunta la Caslit.
Y la plaza San Martín es el escenario más referencial en la novelística de la Lima del siglo XX. Incólume y vigente, en la cuadra nueve de la avenida Nicolás de Piérola, en los portales, sigue atendiendo el bar Zela, adonde Miguel Gutiérrez trajo a la protagonista de Confesiones de Tamara Fiol (2009); también el “Balbicito” de Los últimos días de La Prensa (1996) pasó boquiabierto por estas geografías capitalinas, que siguen generosas en bebidas espirituosas y ahora con pantalla LED.
En esta misma cuadra, desde donde aguaitamos a la figura ecuestre de San Martín, se ubicaba el bar Negro Negro, presente en Conversación en La Catedral (1969), del nobel Vargas Llosa. El número 955 ha cambiado de razón social y de sonidos, pero el sótano sigue con una oferta musical apta para noctámbulos, esperando a los nuevos escritores.
En el Refugio de Vida Silvestre Los Pantanos de Villa, en Chorrillos, especies de flora y fauna propias de la costa peruana conviven con las aves migratorias. El cambio climático podría afectar este hábitat, advierte especialista.